!Hoy nevó!

Hace pocos días nos mudamos a un nuevo departamento. Nos trasladamos desde Lowertown, un barrio que históricamente albergó a los constructores del canal de Rideau, al barrio de Lindenlea, la primera urbanización planificada de Ottawa. Desde un punto de vista práctico, esto significa que cambiamos la vista de una ciudad ocupada y activa con copas de árboles y ardillas que se pasean por los cables. También significa que, en invierno, la nieve se acumula por más tiempo y uno tiene que caminar por la calle y cuidarse de los autos.

Nos mudamos a fin de mes. Todos los trastes se convirtieron en cajas que se apilaron una junto y sobre otra en nuestra pobre sala que, de momento, quedó transformada en bodega. Apenas tuve tiempo de armar las camas antes de la noche porque dormir era lo único más importante que poder pedir dulces en el barrio. Halloween es una experiencia maravillosa. A Andre y a mí nos encanta pasear por las casas y ver las decoraciones y los disfraces, donde hay tanto esfuerzo y creatividad. La verdad es que los dulces están, pero son quizá lo más estandarizado de esa fecha. Las cadenas comerciales venden bolsas surtidas al por mayor y todos los niños reciben exactamente lo mismo. Algunos vecinos nos contaban que antes la gente preparaba dulces caseramente. Quizá por eso los niños de nuestro barrio se emocionaron tanto cuando alguien les dio una papa y una cebolla.

Andre terminó su último contrato y hemos disfrutado mucho este tiempo juntos. Aunque espero que encuentre algo nuevo que le guste, voy a extrañar esta rutina de no estar solo la mayor parte del día. El nuevo espacio vino sin cortinas y me ha gustado sincronizar mi ritmo circadiano con el de la naturaleza. Por tanto, no nos ha hecho falta la alarma para saber cuando es hora de despertarse y caminar junto a Alice a la escuela. El ritual es mucho más tranquilo y mágico que llevarla a la parada del bus. El primer día la vi correr a su fila y cantar Oh, Canada junto a toda la escuela. Aquí el himno nacional no se canta los lunes, sino todos los días.

El día de hoy fue la primera nevada real de la temporada. Ayer hubo una pequeña “llovizna” de nieve, pero hoy vimos realmente copos en nuestras manos, que son una señal de que partes debajo de la atmósfera estuvieron realmente frías. Nos guarecimos de la tormenta en la celebración de día de los muertes organizada por la asociación de ecuatorianos en Ottawa y Gatineau, donde comimos colada morada con guagas de pan mientras nos convencían de ser parte de la directiva. Al final, salimos con ganas de tomarnos un cafecito en Little Victories (sin el cual seguramente no tendría energía para escribir esto).

La tormenta de nieve tomó fuerza y se transformó en un humano cubierto totalmente de nieve entrando a la cafetería. Era una caricatura con patas y un abrigo bastante elegante al cuál yo señalé impunemente al tiempo que Andre se esforzaba en evitar, para que no vieran como se reía. Cuando salimos, decidimos que iríamos al centro comercial, que está a un par de cuadras de la cafetería. Eso era, a menos que llegara el bus a la casa, que llegó, pero decidió terminar temprano su viaje en el centro comercial. Así que el destino quiso que visitemos Indigo, nuestra tienda favorita. Al terminar, pasamos comprando leche y un poco de cosas de picar.

Poco antes de que llegara el bus, un señor empezó a gritar en la parada. Dijo que estaba ciego y que le avisemos cuando llegara su ruta, la número seis. Este señor tenía unos setenta años encima, pero era muy gracioso. Unos cuantos de nosotros nos partimos de la risa, pero finalmente le dije que mi bus llegaba y el suyo se tardaría otros tres minutos.

En el camino de regreso, el bus se quedó atorado en la nieve. Detrás de otro bus, también atorado en la nieve. Nos fuimos todos a la parte de atrás para hacer más peso, pero la mitad del bus ya había abandonado el barco y la táctica no funcionó como se esperaba. Al final, tuvimos que bajarnos y abordar el próximo bus en ruta. La parada queda a un par de cuadras de la casa. Es lo suficientemente corto como para no sentir mucho frío y lo suficientemente largo como para disfrutar de la sombra de los copos de nieve mientras caen a contraluz.

Al llegar a casa, comimos otro tanto de los pedazos de fruta y jamón que abrimos mientras el bus estaba varado. Después decidí escribir esto para compartir un poco de lo que ha sido la mudanza. De momento, los únicos sonidos en la casa son las teclas al saltar, la risa de Alice mientras juega con su nueva amiga en las gradas del edificio, y los reels de Instagram entrecruzados con el masticar de la cena. Saludos desde el hogar.

Andrés Delgado