Samuel Cueva

La verdad se llama Sam Cave, pero este es un blog en español 😛

Lo encontré mientras esperaba al bus en Wesbrook Village, un barrio pequeño ubicado dentro del campus de mi universidad.

Cosas que pasan cuando dibujas cómics

El sábado anterior una amiga nos invitó a unos cuántos a cheesecake etc., donde hacen los mejores que haya probado jamás. Pregúntenle a mi hermana, a mí no me gustan los cheesecakes, pero el original de frutilla (sin crema) es una maravilla. Bueno, como iba diciendo, nos invitó una amiga y, a pocos metros de llegar, se me ocurrió algo: “¿Qué tal si me invitó porque tiene la esperanza de salir en otro cómic?” El día anterior me había dejado un comentario diciendo lo mucho que le había gustado las playas de Vancouver y que pensaba que era muy talentoso. Cabía la posibilidad. Claro, puede que eso no suceda porque no es la primera vez que Anupama nos invita a hacer algo en grupo pero fue justo después.

Y con otra de mis amigas, Linh, me ha pasado algo parecido. Cuando estamos conversando y de repente sucede algo chistoso me pregunta “¿vas a hacer un cómic sobre esto?”. También se pone a contarme cosas y luego dice “deberías hacer un cómic sobre eso”. Y la verdad eso me saca una sonrisa. Sé que mi vida haciendo cómics será fugaz —muy seguramente acabará cuando tenga que volver a tener clases todos los días y después con el trabajo—, pero me agrada mucho la idea de generar ese tipo de memoria.

Estábamos en la tienda de cheesecakes Anupama, Sana, Ida, Emma y yo. Emma es nueva en Green College, y Sana es una vieja residente, por lo que no se conocían hasta el momento. Empezaron a conversar y, como sucede en esas circunstancias, se les interrumpió en la primera pausa:

Anupama: Ups, lo siento. Emma esta es Sana, ella es una ex-greenie.
Sana: Mucho gusto.
Anupama: Emma es mi nueva compañera de habitación.
Emma: De hecho, sí sé quien eres. Creo que leí un cómic acerca de ti.

Y fue entonces cuando yo me maté de risa y Sana me empezó a golpear con sus largos y débiles brazos. Lo disfruté tanto.

Leer en un cómic sobre alguien deja una impresión totalmente distinta a la del texto. “Sí, creo que leí un correo donde te mencionaban” encierra un significado totalmente distinto. ¿Por qué? Porque los cómics se parecen mucho más a la forma en que nuestro cerebro piensa. Son mezclas de diálogos, pensamientos, e imágenes que necesariamente están incompletas.

“Totalmente”, eso me dijo Jo, que es una fan de las novelas gráficas, “por eso creo que mi mente funciona de forma distinta”. Jo exagera los gestos, usa efectos de sonido cuando relata sus historias, dramatiza las partes importantes. Y, por supuesto, todos amamos escuchar sus historias. Es una comunicación efectiva.

Otra cosa que sucede al relacionarse con ese mundo es que uno empieza a ser más fijón, deteniéndose a contemplar aquello que sería un bonito dibujo. “Aguanta, este sería un bonito panel.” Tomas la fotografía para dibujar después, la fotografía es fea porque la luz arruina los detalles si no tienes una buena cámara, “pero en dibujo se verá mucho más bonito”. Visitar lugares bellos se transforma en anhelo, uno quiere volver para dibujar. Uno quiere andar a cargar lápiz y papel.

Las playas de Vancouver

playas de vancouver 1

PLAYAS DE VANCOUVER 3

Notas

Green College: Es una residencia para estudiantes de posgrado en la Universidad de Columbia Británica. Se parece, por su arquitectura, al Howartz de Harry Potter.

Brown discount: Es la única frase que encontré intraducible, significa literalmente “descuento café”. Las personas del sur de Asia se refieren a sí mismas como “brown people” —gente morena— cuando se encuentran en Occidente.  Mi amiga Sana es de Pakistán, y cuando ella habla de “brown discount”, se refiere a que algunos taxistas de esa región le hacen una significativa reducción en el precio porque disfrutan conversando con alguien de su tierra de camino a casa. A menudo ella nos hace bajar del auto y luego se queda sola y lo que sucede es esto:

Taxista: ¿Y sus amigos no van a pagar?
Sana: No, ellos querían venir en bus y yo los obligué a tomar el taxi.
Taxista: Ah, en ese caso, le haré un descuento.

Papi: Hercend, mi amigo del Congo, me llama de esa manera. Creo que obtuve ese sobrenombre después de haber estado buscando música en español que le gustara. Resulta que una de las pocas canciones que recordaba claramente de su tiempo en Londres era “papi chulo”, pues eso.

PS: Si quieren saber quién es la persona entre Rohini y Anupama, tienen que leer El Presentimiento.

El jardín de Drestin

En Drestin, todos nacían con una marca. Sobre las cejas, había siempre un número que señalaba la cifra de muertes que uno iba a causar.

Quienes nacían con un “1” —la inmensa mayoría— estaban tranquilos porque creían que sólo cargarían con su propia muerte. Había la posibilidad de que ellos maten a alguien más y viceversa, pero incluso de ser el caso eso era, digamos, justo.

Lo que sí era feo era nacer con un “0”. Cuando nacías con el cero —que por cierto era un círculo perfecto de un centímetro de radio—, los doctores guardaban silencio. En la sala de partos, paraban las conversaciones dejando únicamente espacio al llanto del bebé. Las madres lo sabían bien y a menudo expulsaban la placenta entre lágrimas de un dolor más profundo que el del parto. Nacer marcado con un círculo presagiaba, obviamente, que alguien más te arrebataría la vida. A menudo, estas personas eran tratadas como mártires, con cierta indulgencia y desarrollaban una personalidad más amable que el resto, lo que sólo acentuaba la tragedia.

Los científicos trataban de predecir la ocurrencia de desastres naturales analizando poblaciones con prevalencia de ceros. Las escuelas asumían tiroteos. Ustedes pensarían que esto causaría una especie de prevención pero en Drestin la gente bien sabe que no es posible escapar del destino. Esa lucha simplemente no vale la pena. El sistema es infalible.

Muchos nacían con números que llegaban a varias docenas. Los médicos eran indulgentes con estas personas porque ellos casi siempre tenían cifras similares. Claro, podía tratarse de un asesino pero (estadísticamente) siempre habían más doctores que psicópatas. Hubo incluso quien nació con un número de cinco cifras altas. Era de la realeza. Le presagiaban mucho poder, lo admiraban y, para ser sinceros, sentían curiosidad.

El cuadrigésimo día del tercer mes, nacieron dos nenas. Gemelas idénticas. La primera cargaba un dos y la segunda… la segunda no tenía número alguno. Ni siquiera la marca circular o un lunar que brindara algún tipo de certeza. NADA. El personal de la sala de partos palideció y frunció la frente hasta que sus propias marcas se tornaron borrosas. La madre estaba asustada porque esta reacción era demasiado extraña. ¿Por qué los médicos sólo le habían dado una de sus bebés? Tras discutirlo mucho, se decidió informar al progenitor que estaba en la sala de espera. ¿Qué había pasado? No pudo ser una cuestión genética, la otra niña era perfectamente normal.

En un mundo donde todo estaba dicho, esta bebé representaba un concepto totalmente nuevo que sólo había sido abordado en las mentes de aquellos que vivían en el delirio. El padre de la niña pagó exorbitantes cantidades para esconderla. Los galenos elaboraron un parte quirúrgico falso y describieron deformidades, producto de una tetralogía que afectaba también al corazón. La enfermera, que tenía un dos en la frente, se negó a todo pago. Fue ella, sin embargo, quien inyectó potasio en la vena de la recién nacida. Su llanto cesó en ese momento y, pese a que ninguno de los presentes lo notó, el de su hermana también.

Se vivieron seis horas, de angustia existencial, de terror, de esquizofrenia. Los padres querían la menor cantidad posible de cabos sueltos. El papá de la niña contó a la gente en la sala de partos: enfermera, anestesiólogo, ginecólogo y médico residente. En los lentes del doctor vio reflejado el “4” de su frente. “¿Mato a todos o dejo a uno vivo con la esperanza de que no me maten a mí?” Agachó la mirada inmediatamente para que ese pensamiento no se le escapara. Si tan sólo uno fuera dueño de su cerebro.

La madre les dijo a los vecinos que sólo habían tenido una niña, después de todo eran pocos los que sabían del embarazo de Zoe, nadie realmente estaba enterado de los detalles. En el patio trasero, ordenó la construcción de jardín que fungió como tumba. Las rosas permanecían durante las tres estaciones y eran iluminadas artificialmente durante la noche. No estoy seguro de cuántos cuerpos reposen bajo esos arcos cruzados pero lo cierto es que en la mente del padre de la niña desapareció algo que tienen todos aquellos que nacen en Drestin: la sensación de certeza. Eso cambiaría todo para siempre.