La invención de la objetividad, por Aaron Swartz

Traducido por Andrés Delgado de la publicación original en el blog de Aaron.

Los expertos en medios de comunicación siempre están resfregándose las manos al comentar sobre cómo los presuntuosos blogueros partidistas están destruyendo la objetividad neutral en la que se fundó nuestro país (si hay algo que los expertos aman es resfregarse las manos). Si no fuera porque los diarios importantes dan a todos una visión objetiva de los hechos, insisten, la base misma de la república estaría en peligro.

Puedes criticar esta opinión por ser tonta o equivocada, y muchos lo han hecho, pero hay otro problema más con ella: es completamente ahistórica. Como Robert McChesney describe The problem of the media, la objetividad es un invento bastante reciente. En realidad la república fue fundada por pendencieros partidistas.

Cuando nuestro país fue fundado, los periódicos no eran medios neutrales, no partidistas, sino que eran productos de determinados partidos políticos. Los liberales tenían su periódico, los conservadores el suyo, y ambos atacaban a sus oponentes políticos con insultos que harían que incluso los blogueros más malhablados se ruboricen. Este comportamiento no sólo estaba permitido, era fomentado.

A menudo, escuchan a los medios de comunicación citar a Thomas Jefferson1 comentando que “si me harían decidir entre tener un gobierno sin diarios, o diarios sin gobierno, no dudaría un momento en preferir esto último”. Sin embargo, dudan al imprimir la siguiente frase: “Pero debo decir que toda persona debe recibir esos diarios, y ser capaz de leerlos”. Jefferson se refería específicamente a la subvención en la oficina de correos, proporcionada por el gobierno a la prensa partidista.

En 1794, los periódicos correspondían al 70% del tráfico de correo y el gran debate en el Congreso no era si el gobierno debía pagar por la entrega, sino cuánto de eso debía pagar. James Madison2 atacó la idea de que los editores de periódicos debieran tener que pagar un centavo para que el gobierno entregara sus publicaciones, lo calificó como “un precursor insidioso de algo peor”. Para 1832, el tráfico de diarios había aumentado y representaba el 90% de todos los envíos de correo.

De hecho, la objetividad ni siquiera fue inventada hasta la década de 1900. Antes de eso, según McChesney, “tales nociones para la prensa no habrían tenido sentido, hubieran sido impensables”. Todo el mundo asumía que el mejor sistema de noticias era uno donde todo el mundo podía decir su opinión a muy bajo costo. (Los blogs no está muy lejos de eso, ahora ¿o sí? Para que vean, ¡James Madison amaba los blogs!)

Pero a medida que la riqueza comenzó a concentrarse en la Edad Dorada y las prensa comercial comenzó a presionar al gobierno para obtener políticas más favorables, el tamaño y la potencia de la prensa más pequeña comenzó a disminuir. La prensa comercial estaba ansiosa por ser el único jugador en la ciudad, pero se dio cuenta de que si lo fuera, su partidismo flagrante tendría que desaparecer. (Nadie defendería a un periódico único en una ciudad si este estaba descaradamente sesgado). Así que decidieron insistir en que el periodismo era una profesión como cualquier otra, que la información era un trabajo apolítico, basada únicamente en criterios objetivos.

Establecieron escuelas de periodismo para capacitar a periodistas en la nueva idea. En 1900, no habían escuelas de periodismo; en 1920, las más importantes ya se estaban fortaleciendo. La separación “iglesia-estado” entre la publicidad y la presentación de información se convirtió en la doctrina oficial y la Sociedad Americana de Editores de Periódicos (ASNE) fue creada para hacerla cumplir.

Toda la base de la crítica a la prensa fue reconstruida. Ahora, en lugar de criticar a los periódicos por el sesgo de sus propietarios, los críticos de prensa tenían que centrarse en las obligaciones profesionales de sus escritores. El sesgo no se trataba del punto de vista de un documento, sino de cualquier sesgo por parte de un periodista.

Así que esa fue la línea de ataque que los críticos de prensa tomaron cuando el mundo de los weblogs3 trajo de vuelta a los vibrantes debates políticos en los que se fundó nuestro país. “¡Estos chicos están sesgados! ¡Irresponsables! ¡Entienden mal los hechos! ¡Son poco profesionales!”, se quejan. Miren, chicos. Díganle eso a James Madison.

Notas del traductor

1Thomas Jefferson fue el tercer presidente de los Estados Unidos. Se le considera uno de los Padres Fundadores de la Nación. Dfue el autor principal de la Declaración de Independencia de Estados Unidos.

2James Madison fue el cuarto presidente de los Estados Unidos. Es considerado uno de los más influyentes “padres fundadores” de ese país por su contribución a la redacción de la Constitución y a la Carta de Derechos de los Estados Unidos, es apodado “El Padre de la Constitución”.

3“Blog” es una contracción de web log, que traducido al español significa bitácora web.


Esta traducción está dedicada al dominio público, en memoria de Aaron.

Quidditch de muggles

Tenía pensado escribir un artículo sobre la posibilidad de que el Quidditch se convierta en un deporte olímpico pero encontré varios artículos que ya hablan sobre el tema y, para serles sincero, estoy fascinado. Para quienes no lo saben el Quidditch es un deporte que apareció por primera vez en los libros de J. K. Rowling. Harry Potter es seleccionado para jugar en el equipo de Gryffindor como buscador  y su misión es perseguir una bola mágica muy pequeña para ganar 150 puntos, lo que marca el fin del partido. Mientras tanto sus seis compañeros buscan anotar goles, a diez puntos cada uno, en tres aros que cuelgan a una altura considerable y evitan ser golpeados por pelotas bludgers. Todos los jugadores juegan sobre escobas mágicas que vuelan. Si bien eso resume las posiciones y reglas del juego.

La falta de magia en el mundo real hace que todo sea más complicado. Ciento cincuenta puntos son demasiados, así que han sido reducidos a treinta. Está prohibido volar debido a que sería muy ineficiente y se han reemplazado a la mayoría de pelotas con versiones menos saltarinas. La snitch es una pelota de tenis,  la quaffle es una pelota de volleyball y se usan balones de softball en lugar de bludgers. Si bien las lógica del juego es bastante parecida, el libro de reglas de la Asociación Internacional de Quidditch —que ya va por su novena edición— tiene 187 páginas:

El quidditch es un deporte mixto de contacto con una mezcla única de elementos del rugby, quemados, lucha, fútbol americado con cintas y otros deportes. Un equipo de quidditch está conformado por siete atletas que juegan con escobas entre sus piernas todo el tiempo. Mientras el juego puede parecer caótico para el observador casual, una vez familiarizado con las reglas básicas, el quidditch es un deporte excitante de ver y mucho más de jugar [PDF].

Nótese cómo el manual señala que lo juegan atletas y no nerds. Pues si bien al inicio la gente “iba por Harry Potter y se queda por el deporte”, últimamente hay jugadores que ni siquiera han leído los libros pero les encanta correr en una escoba entre las piernas. Y eso lo hace realmente interesante porque todas las cosas se deben hacer con una sola mano. Tuve la oportunidad de ver un partido de Quidditch por primera vez cuando visité la Universidad McGill,  en Montreal. Yo conversaba con el jugador snitch, ya que su rol es muy demandante (huír de doce jugadores al mismo tiempo) no está en el campo durante todo el partido. A pesar de que había unos 30 centímetros de nieve, los jugadores alinearon las pelotas en el centro del campo de juego, colocaron los aros a cada lado y esperaron el silbatazo inicial del arbitro.

El primer juego de Quidditch muggle se había iniciado casi diez años antes, organizado por Xander Manshel y Alex Benepe. Este último se convirtió en el primer comisionado de Quidditch, la asociación internacional apareció dos años después. En 2007, todos los equipos pertenecían a universidades de Estados Unidos, pero en 2012 el torneo se internacionalizó. A partir de ahí, se juega una Copa Mundial cada dos años, y el último (2014) contó con la participación de siete equipos (México, Argentina y Brasil formaron parte).

En Ecuador, existe al menos un equipo que forma parte de la Federación Internacional de Quidditch Asociado (esta en cambio parece nada más ser una página de facebook), y entrenan en Guayaquil —Eloy Alfaro y Cuenca— como preparación para la Copa América Quidditch 2016, a jugarse el 30 y 31 de enero en la capital peruana. Si van en bus, no tendrán el mismo problema que la mayoría de deportistas enfrentan al tratar de incluir sus escobas como parte del equipaje en vuelos internacionales.

La Copa Mundial de 2016 va a tener lugar en Frankfurt, Alemania. El torneo se encuentra todavía en la etapa de planificación, pero hasta el momento 25 equipos han registrado un interés en competir. Estados Unidos, Reino Unido, Noruega, México, Francia, Irlanda y Australia han confirmado la asistencia de sus planteles. Los equipos tienen que manifestar su interés por participar antes de febrero del próximo año. Fuera de las reglas que ya aplican a cada equipo, se pueden imponer otros requisitos a criterio de cada organización nacional. Para ser tenidos en consideración, los jugadores ecuatorianos deben tener 16 años de edad cumplidos para el 22 de Julio de 2016, y ser ciudadanos o haber jugado exclusivamente en Ecuador (acá la lista completa de cosas por cumplir).

Respecto a la inclusión del deporte en las Olimpiadas, las cosas se ven más negras. Aunque los fans del deporte querían que este se incluya en los próximos juegos de Londres —y parece lógico ya que por allá estudia Harry Potter—, para que un nuevo deporte se incluya se debe eliminar a otro. Adicionalmente, los nuevos deportes se evalúan en función de los siguientes parámetros: valor añadido; popularidad en la juventud; atractivo para la televisión, los medios de comunicación y el público en general; igualdad de género; impacto mínimo sobre el número de eventos y/o cuotas (tal vez por eso sea que antes del mundial la AIQ está organizando partidos de exhibición),  infraestructura, costos operativos y complejidad. Finalmente, se considera la cantidad de ingresos que genera, lo cuál puede significar un obstáculo real para este incipiente deporte.

http://twitter.com/AndresDelgadoEC/status/731488774782373889

 

 

 

 

Reseña: El chico que pudo cambiar el mundo—Las obras de Aaron Swartz

Cuatro meses atrás compré The Boy Who Could Change the World: The Writings of Aaron Swartz. Quise prestárselo a un amigo y no pude; el libro estaba protegido por DRM. El Digital Rights Management hace imposible leer una obra fuera de un kindle. Esto era claramente una traición al legado de Aaron.

Envié un correo. La gente que había contribuido al libro respondió. “Si Aaron estuviera vivo, denunciaría esto en voz alta y le diría a la gente que no compre el libro”, dijo Cory Doctorow. “Estoy 100% de acuerdo con este punto crítico”, secundó Lessig (fundador de Creative Commons y excandidato presidencial en Estados Unidos). Cuatro días más tarde inició el proceso para eliminar el DRM de los escritos de Aaron. En dos semanas, todas las tiendas ofertaban su libro sin poner el famoso candado digital. Todo gracias a un correo.

Según Aaron, no puedes medir tu legado en función de lo que has hecho. En cambio, debes preguntarte cómo serían las cosas de no haber hecho nada. Así pensaba Aaron. Te inducía a actuar porque necesitas hacerlo para responder a esa pregunta; es la única opción. Actuar a pesar de no conocer el resultado. Actuar porque “fracasar es lo que casi siempre hacemos. La única manera de mejorar es tratar de hacer cosas que van un poco más allá [aunque eso signifique] que vas a fracasar algunas veces”.

Aaron estaba siempre trabajando en lo que creía que debía trabajar, independientemente de la ley. “Arengó a otros a cruzar lo que él creía era una línea injusta. Y la cruzó él también”. Cuando lo recuerdan, sus amigos hablan de su “Aaron interior”: él hubiera dicho esto, él hubiera hecho esto otro. Pueden darse ese lujo porque Aaron hablaba de forma clara y siempre actuaba según sus convicciones.

Su libro retrata este personaje, mientras explora la educación, la propaganda, los medios de comunicación y la política. Si lees The Boy Who Could Change the World: The Writings of Aaron Swartz prepárate… Vas a conversar con ese niño interior que siempre te negaste a escuchar, aunque supiste que siempre tuvo razón. Vas a arrepentirte de haberte rendido al explicar tus rebeldías porque no encontraste palabras, pues ahora las hallarás. Finalmente, reúne coraje porque aprenderás cosas que no podrás desaprender. Y una vez que las sepas, dejar de actuar es traicionar el legado del niño que pudo cambiar al mundo.

Padres

Camilo estaba sentado a la mesa, oyó la puerta automática del garaje, su papá llegaba de la oficina. Edith, su madre, estaba llevando la ensalada al comedor y él veía como ambos aterrizaban para compartir uno de los tres momentos familiares del día. Inevitablemente, Julio dejaría algunos papeles en la mesa mientras se deshacía del saco que siempre cargaba en los hombros. Mientras tanto Edith le recordaría sobre los pendientes en la casa y empezarían un diálogo extraño con Camilo como espectador. Julio le regresaría a ver mientras su esposa le recordaba cosas que él hubiera preferido no saber y movería la cabeza de lado a lado, buscando una mirada cómplice. Edith soltaría la primera dosis de “tienes que” y luego volvería hacia la cocina enarbolando el rostro de “que conste que ya te dije”. Y para eso estaba Camilo, porque se necesitan testigos en estas situaciones. Todavía un estudiante, Camilo sonrío al pensar que aunque esto pasa todos los días no había forma de estar inmunizado. Y eso era bueno porque le producía exactamente eso, una sonrisa.

Sus padres eran muy diferentes y esa contraposición se demarcaba claramente cuando se discutían las finanzas. Al terminar la universidad, Camilo abrió una cuenta de ahorros y entonces Edith y Julio sintieron la necesidad de tener una conversación con él. Este último eligió conversar sobre el tema mientras lo llevaba a una de sus entrevistas. “Ahora que vas a empezar a tener plata, la gente va a querer que les prestes dinero. Y está bien porque vos sabes cómo funciona eso, pones un interés y hasta puedes salir ganando. Pero recuerda: sólo tienes que prestar plata a alguien si sabes que cuando ves a esa persona a los ojos eres capaz de quitarle ese dinero por la fuerza”. Como buen hijo de Julio, Camilo guardó silencio mientras era sermoneado. Su madre fue mucho más casual y empezó a conversar en una tarde de jueves cuando entró a dejar la ropa doblada. Para Camilo, es imposible recordar cuál fue el inicio o el fin de una conversación con su progenitora, cambia de tema tan rápido como uno pasa las publicaciones de Facebook, pero lo que se le quedó fue esto: “No le prestarás nomás plata a cualquiera, yo sólo presto a la gente a la que pudiera regalarle esa plata si me pidiera”.

Sin haber experimentado tanto de la vida, pero contento con el hogar que tiene y sin mayores ambiciones, Camilo siempre prefirió el consejo de Edith. En el fondo esa era la razón por la que Julio se había casado con ella.

 

SNOWDEN: Delatar es más que filtrar secretos, es un acto de resistencia política

Por Edward Snowden, traducido por Andrés Delgado

“He estado esperando 40 años a alguien como tú”. Fueron las primeras palabras que Daniel Ellsberg me dijo cuando nos conocimos el año pasado. Dan y yo sentimos una afinidad inmediata; ambos sabíamos lo que significó arriesgar tanto —y ser irrevocablemente transformado— por revelar verdades secretas.

Uno de los retos de ser un delator es vivir sabiendo que habrá gente que seguirá sentada, tal como uno lo estuvo, en esos escritorios, en esa unidad, en toda la agencia, viendo lo que viste y obedeciendo en silencio, sin resistencia o queja. No sólo aprenden a vivir con falsedades sino con falsedades innecesarias, falsedades peligrosas, falsedades corrosivas. Es una tragedia doble: Lo que empieza como una estrategia de supervivencia termina comprometiendo al ser humano que buscaba preservar y menoscabando la democracia que supuestamente justificaba el sacrificio.

Pero al contrario de Dan Ellsberg, yo no tuve que esperar 40 años para atestiguar cómo otro ciudadano rompía ese silencio con documentos. Ellsberg dio los Papeles del Pentágono al New York Times y otros diarios en 1971; Chelsea Manning proporcionó los diarios de guerra de Irak y Afganistán y los documentos diplomáticos de Estados Unidos a Wikileaks en 2010. Yo hice mi aparecimiento público en 2013. Ahora estamos aquí en 2016, y otra persona de coraje y consciencia ha puesto a disposición un extraordinario conjunto de documentos que están publicados en The Assassination Complex, el nuevo libro publicado hoy por Jeremy Scahill y el personal de The Intercept. (Los documentos fueron originalmente publicados el pasado 15 de Octubre en The Drone Papers).

Estamos siendo testigos de un acortamiento del lapso de tiempo en el que las malas políticas se esconden en las sombras, el lapso del tiempo en el que actividades inconstitucionales pueden continuar antes de que sean expuestas mediante actos de consciencia. Y este acortamiento temporal tiene un significado que va más allá de los titulares inmediatos; permite que la gente de este país pueda aprender acerca de acciones gubernamentales críticas, no como parte de un record histórico sino de forma que permite la acción directa mediante el voto —en otras palabras, de forma que empodera a la ciudadanía informada para defender la democracia que los “secretos de Estado” pretenden nominalmente defender. Cuando veo individuos que son capaces de exponer información, tengo la esperanza de que no siempre será necesario restringir las actividades ilegales de nuestro gobierno como si fuera una tarea constante, arrancar de raíz el quebrantamiento oficial de la ley de forma tan rutinaria como cortamos el césped. (Curiosamente, así es como algunos han empezado a describir las operaciones remotas de homicidio, como “cortar el césped”).

Un único acto de denuncia no cambia la realidad de que hay porciones significativas del gobierno que operan bajo la superficie, donde el público no puede ver. Esas actividades secretas continuarán a pesar de las reformas. Pero aquellos que realizan esas acciones ahora deben vivir con el miedo de que, si se involucran en actividades contrarias al espíritu de la sociedad —si un ciudadano es catalizado para detener la maquinaria de injusticia— puede que sean obligados a rendir cuentas. El hilo del que cuelga la buena gobernanza es la igualdad ante la ley; ya que el único temor del hombre que hace girar los engranajes es encontrarse a sí mismo frente a ellos.

La esperanza yace más allá, cuando nos movemos de actos extraordinarios de revelación a una cultura colectiva de rendición de cuentas dentro de la comunidad de inteligencia. Entonces habremos tomado un paso significativo hacia la resolución de un problema que es tan viejo como nuestro gobierno.

No todas las filtraciones son iguales, tampoco sus autores. El general David Petraeus, por ejemplo, le proporcionó a su amante (ilícita) y biografa (favorable) información tan secreta que desafió la clasificación, incluyendo nombres de agentes secretos y pensamientos privados del presidente en asuntos de interés estratégico. Petraeus no fue acusado de un delito grave, como el Departamento de Justicia había recomendado al principio, sino que se le permitió declararse culpable de un delito menor. Si un soldado de rango modesto hubiera obtenido una pila de cuadernos altamente clasificados para entregarselos a su novia y asegurar algo tan pequeño como una sonrisa, estuviera viendo los barrotes de una prisión por décadas, en lugar de un montón de referencias del tipo “quién es quién en el Estado profundo”.

Existen filtraciones autorizadas y también revelaciones permitidas. Es raro que los altos funcionarios del gobierno soliciten explícitamente a un subordinado que filtre el nombre de un oficial de la CIA para tomar represalias en contra de su esposo, como parece haber sido el caso de Valerie Plame. Es igualmente raro que pase un mes sin que algún alto funcionario revele información protegida porque es beneficiosa para las actividades políticas de los partidos a pesar de ser claramente “perjudicial a la seguridad nacional”, bajo las definicines de nuestra ley.

Esta dinámica puede ser vista muy claramente en la historia de la “conference call of doom” de Al Qaeda, en la que oficiales de inteligencia, muy probablemente tratando de exagerar la amenaza del terrorismo y de desviar las críticas a la vigilancia masiva, revelaron a un sitio web neoconservador información extraordinariamente detallada sobre comunicaciones específicas que habían interceptado, incluyendo la ubicación de los participantes y el contenido exacto de las discusiones. Si las afirmaciones de los oficiales eran ciertas, ellos quemaron irrevocablemente un medio extraordinario de aprendizaje sobre las intenciones y planes precisos de los líderes terroristas a cambio de una ventaja política de corta duración en un ciclo de noticias. Ni una sola persona parece haber sido disciplinada como resultado de una historia que nos costó la capacidad de escuchar una supuesta línea directa de Al Qaeda.

Si una filtración no es distinta debido a su carácter nocivo, o por estar autorizada, entonces ¿cómo se explica la distinción entre una revelación permisible y una inadmisible?

La respuesta es control. Una filtración es aceptable si no es vista como una amenaza, como un reto a las prerrogativas de la institución. Pero si se asume que todos los componentes dispares de la institución —no sólo la cabeza, sino también sus manos, pies y cada parte de su cuerpo— tienen el mismo poder para discutir temas de interés, eso es una amenaza existencial al monopolio político moderno del control de la información, sobre todo si hablamos de revelaciones sobre irregularidades graves, acciones fraudulentas, actividades ilegales. Si no puedes garantizar que sólo tú puedes explotar el flujo de información controlada, entonces la suma de todo aquello innombrable en el mundo —incluído lo propio— comienza a parecer más una carga y menos un recurso.

Las revelaciones no autorizadas son necesariamente un acto de resistencia —eso es, si no se hacen simplemente para que sean consumidas por la prensa, para esponjar el aspecto público o reputación de una institución. Sin embargo, eso no significa que todas ellas vienen de los trabajadores de niveles inferiores. Algunas veces, sucede que los individuos que dan un paso adelante están cerca del pináculo de poder. Ellsberg estaba en el nivel superior; asesorando al Secretario de Defensa. No se puede llegar mucho más alto, a menos que seas el Secretario de Defensa, y allí simplemente no existen incentivos para que un funcionario de alto rango se involucre en revelaciones de interés público, porque esa persona ya ejerce influencia para cambiar directamente la política.

En el extremo opuesto del espectro está Manning, un joven soldado que estaba mucho más cerca de la parte inferior de la jerarquía. Yo estaba a medio camino en la ruta de mi carrera profesional. Me sentaba en la mesa con el director de información de la CIA, y le daba reportes; y a su director de tecnología, mientras hacían declaraciones públicas como “Tratamos de recolectar todo y aferrarnos a ello para siempre”, y todos aún pensaban que eso era un buen eslogan de negocios. Mientras tanto, yo estaba diseñando los sistemas que utilizarían para hacer precisamente eso. Yo no estaba reportando al lado político, el secretario de Defensa, sino que estaba reportando al área de operaciones, el director de tecnología de la Agencia Nacional de Seguridad. Las irregularidades oficiales pueden catalizar a todos los niveles de empleados privilegiados a revelar información, incluso cuando se enfrentan a grandes riesgos, siempre y cuando se les pueda convencer de que es necesario hacerlo.

Llegar a esos individuos, ayudarles a darse cuenta de que su lealtad como servidores públicos está primero con el público y no con el gobierno, es el reto. Ese, hoy en día, es un cambio significativo en el pensamiento cultural para un funcionario del gobierno.

He dicho a menudo que los delatores son elegidos por las circunstancias. No es una virtud de quien eres, o tu pasado. Es una cuestión de aquello a lo que eres expuesto, lo que ves. En ese punto la pregunta es ¿honestamente crees que tienes la capacidad de remediar este problema, de influenciar la política? Yo no recomendaría que los individuos revelen información, incluso si se trata de irregularidades, si no creen que pueden ser efectivos al hacerlo, porque el momento adecuado puede ser tan raro como la voluntad de actuar.

Esta es sencillamente una consdieración práctica, estratégica. Los delatores son valores atípicos de probabilidad, y si van a ser efectivos como una fuerza política, es crítico que maximicen la cantidad de beneficio público que pueden producir a partir de una escasa semilla. Cuando estaba tomando mi decisión, entendí cómo una consideración estratégica —como esperar hasta el mes previo a las elecciones— podría ser abrumada por otra: el imperativo moral de proporcionar la oportunidad de detener una tendencia global que ya había llegado demasiado lejos. Estaba enfocado en lo que vi y en mi sentido de abrumadora marginación porque el gobierno, en el que había creído mi vida entera, estaba involucrado en un acto tan extraordinario de engaño.

En el corazón de esta evolución es que la revelación de información es un evento radicalizante —y por “radical” no quiero decir “extremo”; sino más bien me refiero a su sentido tradicional de radix, la raíz de un problema. En cierto punto, reconoces que no puedes simplemente escribir unas pocas letras alrededor de una página y esperar lo mejor. No puedes simplemente reportar este problema a tu supervisor, como traté de hacerlo, porque inevitablmente los supervisores se ponen nerviosos. Piensan acerca del riesgo estructural a su carrera. Les preocupa agitar las aguas y “conseguir una [mala] reputación”. Sus incentivos no están ahí para producir una reforma significativa. Fundamentalmente, en una sociedad abierta, el cambio debe fluir desde abajo hacia arriba.

Como alguien que trabaja en la comunidad de inteligencia, has renunciado a muchas cosas para hacer este trabajo. Te has comprometido felizmente a restricciones tiránicas. Voluntariamente te sometes al polígrafo; le dices al gobierno todo acerca de tu vida. Renuncias una gran cantidad de derechos porque crees que la bondad fundamental de tu misión justifica el sacrificio de, incluso, lo sagrado. Es una causa justa.

Y cuando eres confrontado con la evidencia —no en un caso marginal, no en una peculiaridad, sino como una consecuencia central del programa— de que el gobierno está subvirtiendo la Constitución y violando los ideales en los que tan fervientemente crees, tienes que tomar una decisión. Cuando ves que el programa o la política es incompatible con los juramentos y obligaciones que has jurado a tu sociedad y a ti mismo, entonces ese juramento y esta obligación no puede ser conciliada con el programa. ¿A qué le debes una mayor lealtad?

Una de las cosas extraordinarias acerca de las revelaciones de los años pasados, y su paso acelerado, es que han ocurrido en el contexto de Estados Unidos como una “superpotencia sin oposición”. Ahora poseemos el más grande e indisputable aparato militar en la historia del mundo, y está respaldada por un sistema político que cada vez más busca autorizar cualquier uso de la fuerza en respuesta a prácticamente cualquier justificación. En el contexto de hoy, la justificación es el terrrismo, pero no necesariamente porque nuestros líderes estén particularmente preocupados por el terrorismo en sí o porque piensen que es una amenaza existencial a la sociedad. Ellos reconocen que incluso si tuviérams un ataque como el del 9/11 cada año, todavía perderíamos más gente debido a accidentes de tránsito y enfermedades del corazón, y no vemos el mismo gasto de recursos para responder a aquellas amenazas mucho más significativas.

Realmente se reduce a que tenemos una clase política que siente que debe inocularse contra las alegaciones de debilidad. Nuestros políticos temen más a la política del terrorismo —la acusación de que no se toman en serio al terrorismo— que a la propia delincuencia.

Como resultado hemos llegado a esta capacidad incomparable, politicamente irrestricta. Nos hemos vuelto dependientes de aquello que estaba destinado a ser la limitación de última instancia: las cortes. Los jueces, al darse cuenta de que sus decisiones son repentinamente cargadas con mucha mayor importancia e impacto políticos del que se pretendía originalmente, han hecho un gran esfuerzo en el período post-9/11 para evitar la revisión de leyes u operaciones del Ejecutivo en el contexto de seguridad nacional; y de sentar precedentes restrictivos que, aunque sean totalmente adecuados, impondrían límites al gobierno durante décadas o más. Eso significa que la institución más poderosa que la humanidad jamás haya visto también se ha convertido en la menos controlada. Sin embargo, esa misma institución nunca fue diseñada para operar de tal manera. Al contrario, fue fundada de forma explícita en el principio de equilibrio de poderes. Nuestro impulso fundacional fue decir: “Aunque somos poderosos, nos restringimos voluntariamente”.

La primera vez que entras en servicio en el cuartel general de la CIA, levantas la mano y haces un juramento —no al gobierno, no a la agencia, no al secretismo. Haces un juramento a la Constitución. Así que existe esta fricción, este conflicto que emerge entre las obligaciones y los valores que el gobierno te pide que mantengas, y las actividades reales en las que se te pide participar.

Estas revelaciones sobre el programa de asesinato de la administración de Obama revelan que hay una parte del carácter estadounidense que está profundamente preocupado con el ejercicio de poder sin restricciones. Y no hay mayor o más clara manifestación de poder sin control que asumir por uno mismo la autoridad para ejecutar un individuo fuera del contexto del campo de batalla y sin la participación de cualquier tipo de proceso judicial.

Tradicionalmente, en el contexto militar, hemos entendido que la fuerza letal en el combate no podía nunca ser sometida, ex ante, a restricciones judiciales. Cuando los ejércitos están disparando el uno al otro, no hay espacio para un juez en ese campo de batalla. Pero ahora el gobierno ha decidido —sin la participación del público, sin nuestro conocimiento ni consentimiento— que el campo de batalla está en todas partes. Las personas que no representan una amenaza inminente, en cualquier sentido significativo de esas palabras, se redefinen a través de la subversión del lenguaje, para cumplir con esa definición.

Inevitablemente, la subversión conceptual encuentra su camino a casa, junto con la tecnología que permite a los funcionarios promover cómodas ilusiones acerca de la matanza [de precisión] quirúrgica y la vigilancia no intrusiva. Tomemos, por ejemplo, el Santo Grial de la persistencia de los drones, una capacidad que Estados Unidos ha estado aplicando desde siempre. El objetivo es desplegar aviones no tripulados que, mediante energía solar, puedan vagar en el aire durante semanas sin caer. Una vez que puedes hacer eso, colocas cualquier dispositivo típico de recolección de señales en la parte inferior del drone para supervisar, sin parpadear, las emanaciones de, por ejemplo, las diferentes direcciones de red de todos los computadores portátiles, teléfonos inteligentes, y iPods. Sabes no sólo dónde está un dispositivo en particular en la ciudad, sino que sabes en qué departamento vive cada dispositivo, donde va en un momento determinado, y por qué ruta. Una vez conocidos los dispositivos, se conocen sus propietarios. Cuando empiezas a hacer esto en varias ciudades, realizas un seguimiento de los movimientos no sólo de individuos sino de poblaciones enteras.

Aprovechándose de la necesidad moderna de mantenerse conectado, los gobiernos pueden reducir nuestra dignidad al nivel de aquella de los animales etiquetados. La diferencia principal es que nosotros hemos pagado por esas etiquetas y las llevamos en nuestros bolsillos. Suena como paranoia fantasiosa, pero a nivel técnico es tan fácil de implementar que no puedo imaginar un futuro en el que no se intentará. Será limitado a las zonas de guerra en un primer momento, de acuerdo con nuestras costumbres, pero la tecnología de vigilancia tiene la tendencia de seguirnos a casa.

Aquí vemos el doble filo de nuestra marca única de nacionalismo estadounidense. Estamos educados para ser excepcionalistas, pensar que somos la mejor nación con el destino manifiesto para gobernar. El peligro es que algunas personas realmente creen en esta afirmación, y algunos de ellos esperarán que la manifestación de nuestra identidad nacional, es decir, nuestro gobierno, se comporte consecuentemente.

El poder ilimitado puede ser muchas cosas, pero no es estadounidense. Es en este sentido que el acto de revelar información sobre irregularidades se ha convertido cada vez más en un acto de resistencia política. El denunciante da la alarma y levanta la lámpara, heredando el legado de una línea de estadounidenses que comienza con Paul Revere.

Los individuos que hacen estas revelaciones le dan tanta importancia a lo que han visto que están dispuestos a arriesgar sus vidas y su libertad. Ellos saben que nosotros, el pueblo, somos en última instancia el control más fuerte y más fiable sobre el poder del gobierno. Los trabajadores privilegiados en los más altos niveles de gobierno tienen capacidades extraordinarias, recursos extraordinarios, un fantástico acceso para influenciar, y el monopolio de la violencia; pero en el cálculo definitivo, solo una figura importa: el ciudadano individual.

Y hay más de nosotros que de ellos.

Extracto de The Assassination Complex: Inside the Government’s Secret Drone Warfare Program por Jeremy Scahill y el personal de The Intercept, con un prefacio escrito por Edward Snowden y un epílogo por Glenn Greenwald, publicado por Simon & Schuster.

El texto original en inglés apareció en The Intercept.