Los otros dentro de nosotros (parte 2)

Cuando estaba en tercer curso de colegio, nos explicaron cómo la gente tiene recuerdos de vidas pasadas. “Lo que sucede—nos dijo el instructor—es que las personas vemos escenas con el rabillo del ojo. Esas escenas se concatenan y terminan generando historias paralelas en el cerebro que nosotros luego almacenamos como si fueran verdaderas”. Supongo que me puse a examinar lo que veía con el rabillo del ojo e hice el esfuerzo por integrar este nuevo concepto en una mezcla de sorpresa y extrañamiento.

Cuando crecí nadie me habló de vidas pasadas, pero supongo que eran mitos que uno encontraba en la televisión. No recuerdo un ejemplo en concreto, pero recuerdo la explicación de por qué era algo a lo que no tenía que prestar atención: la gente que se hacía hipnosis siempre acababa recordando su vida como alguien importante, fueron el César en Roma o su esposa, o una princesa egipcia importante. Ahora que uno le pregunta a ChatGPT sobre el tema, enseguida te dice que, efectivamente, esas cosas son productos de la imaginación y, cuando la gente ha querido corroborar estas escenas, no ha sido posible establecer ningún lazo demostrable.

Esta idea de que es una fantasía se ha propagado por los círculos escépticos y que se repite sin pensar mucho en el tema. Parece la posición más coherente y estoy seguro de haberla usado cada vez que alguien me hablaba sobre el tema. Después de todo, sobras las personas que quieren creer que son famosas o que tienen vidas pasadas y aparecen en shows de televisión para luego todas haber sido la misma celebridad en alguna década pasada.

Jim Tucker, en psiquiatra infantil que mencioné en una publicación previa, ha mencionado en varias de sus entrevistas que tiene reparos con las regresiones mediante hipnosis, siendo que hay una alta probabilidad de fraude, y es por eso que él prefiere estudiar niños que espontáneamente reportan memorias de vidas pasadas, incluyendo comportamientos repetitivos (y hasta cicatrices) que cuadran con esas memorias.

Siendo este el caso, yo tenía una predisposición negativa hacia el tema. Sin embargo, los casos de reencarnación sobre los que he leído son fascinantes, intrigantes y sólidos. Así que cuando me encontré con “¿Más de una vida? Evidencia de las increíbles grabaciones de Bloxham” de Jeffrey Iverson (More Lives Than One? The Evidence of the Remarkable Bloxham Tapes en su versión original) no me pude resistir. OK, siendo sincero me resistí totalmente, pero el librero fue audaz y me convenció de comprar dos libros más costosos con el libro de Iverson como regalo. Es una edición de bolsillo con canteado en amarillo publicada en 1977.

Iverson se sumergió en la historia de Bloxham tras ser contratado para The Bloxham Tapes, un documental de la BBC sobre el tema. Tras pedirle permiso a la BBC, él nos cuenta un poco de su experiencia personal y de la historia detrás del documental. El texto se centra primero en Bloxham, el terapista, quien dice haber tenido memorias infantiles de un lugar que luego conoció como adulto, siendo capaz de guiar a alguien en ese espacio. Bloxham estaba tan convencido de la reencarnación que cuando uno de sus pacientes necesitó superar el miedo a la muerte, su solución fue recordarle que ya había muerto en otra vida.

Bloxham no era médico, trabajaba exclusivamente mediante hipnosis. Una vez que abrió la caja de pandora de las regresiones a vidas pasadas, empezó a registrar la mayoría de sus regresiones (de ahí el nombre del documental, que traduce a “las grabaciones de Bloxham”). En otras palabras, Bloxham creo una cohorte prospectiva, recolectó datos de todos los pacientes sistemáticamente, y guardo esos datos en forma de registros de audio que luego serían eventualmente transcritos para su análisis.

Los registros en vivo evitan errores al recordar eventos. Además, nos permiten saber a ciencia cierta si el hipnoterapista está induciendo respuestas en los pacientes, como comúnmente se alega. Al recolectar datos de todos los pacientes de forma sistemática, se minimiza el sesgo de selección, o sea escoger solo las cosas que me convienen para apoyar mis propias creencias. Esto es un tesoro.

Iverson inicia con un enfoque escéptico saludable que se mantiene a lo largo del libro. Evita someterse a hipnosis para no perder credibilidad y, tras enterarse de un caso de regresión de un conocido suyo, decide arreglar una entrevista sin notificar a Bloxham para verificar los hechos. Iverson escucha las grabaciones de audio y se da cuenta que la mayoría de personas describen vidas comunes y sin eventos históricos de importancia. Mi primera lección aquí es que la suposición de que la gente siempre reporta ser importante es falsa. Muy pocas regresiones tienen estas características. Para Iverson esto supone un problema porque su plan es ir a los lugares descritos en las regresiones para ver qué tanto puede verificar con inspección del sitio y mediante el estudio de registros históricos. Iverson es inteligente, así que sabe que no es experto en ningún lugar o evento histórico y consulta con historiadores especializados en tiempo-espacio específicos.

La mayoría del libro se enfoca en una sola paciente que recuerda seis vidas pasadas. Solo en tres de ellas es capaz de describir hechos históricos y no como un personaje central sino como una persona que es aledaña a los eventos. Algunos de los eventos son una masacre judía en York, romances y asesinatos entre la realeza británica y romances y asesinatos en la realeza romana. El estudio de estas memorias es interesante porque hay un claro desequilibrio entro lo que los historiadores saben y lo que las personas relatan. Estas dos cosas son un claro diagrama de Venn con poco en común. El veredicto en la mayoría de casos es que la persona bien podría estar diciendo la verdad pero no se sabe lo suficiente para confirmarlo o negarlo.

Si ese fuera el caso, el libro sería interesante, pero digno de olvido. Un “quien sabe” más que ni sobre ni hace falta. Sin embargo, los casos son un poco más complicados. Fuera de la respuesta psicológica, que merece un análisis propio, las memorias obligan a los historiadores a hacer verificaciones sobre ciertos temas. En el caso de la masacre del castillo de York, por ejemplo, Jane Evans (es el pseudónimo que escogieron para esta paciente) reporta las características de una iglesia donde ella y su familia estuvieron escondidos. Por ejemplo, habla de que la iglesia tiene una cripta y enfatizó que no se escondió ahí. Después de haber revisado todas las potenciales candidatas, los historiadores encuentran la iglesia descrita por Evans, que al momento estaba siendo transformada en museo. Pero la iglesia no tenía una cripta. Además de no haberse escondido en la cripta, Evans describió haber muerto ahí. O sea que la cripta tenía que estar en la iglesia, para que la historia pueda ser real.

Seis meses después de la visita a la iglesia, el historiador le escribe a Iverson. Uno de los trabajadores de la renovación encontró una cripta escondida debajo del altar mayor, con características de construcción lo suficientemente antiguas como para preceder a la descripción de la masacre de York. En otra ocasión, esta vez como empleada doméstica en Francia, Evans describe que la persona para quien trabaja tenía una manzana de oro. La referencia era tan oscura que los historiadores demoraron en entenderla. Finalmente, encontraron en los registros de bienes confiscados la descripción de una granada de oro (que en diseño se vería exactamente igual a una manzana).

Traigo estos dos eventos a colación porque la explicación típica para este tipo de fenómenos es la criptomnesia, que es la explicación de mi profesor de religión pero con esteroides. Alguna vez vimos una película, leímos un libro, escuchamos un programa de televisión, y nuestro cerebro montó toda una falsa memoria que eventualmente es “descubierta” por un hipnoterapeuta. Pero estas teorías no explican como las regresiones describen hechos que son descubiertos después de haber sido activamente investigados durante meses por equipos entrenados de historiadores.

La criptomnesia es la explicación más fácil, pero también es una explicación errada. Cuando Evans describió los hechos de la antigua Roma, el historiador Hartley admitió que en su vida como Livonia, ella “supo hechos históricos notables, y habría que consultar varias obras si alguien tratara de crear un guión para una historia parecida”. Esto lo dice un historiador que, a diferencia de Jane Evans, sí hablaba francés y podría leer sobre el tema. Lo dice en 1977, cuando todavía no existía acceso a internet.

Quizá yo soy muy impresionable y estas historias son algo que quiero creer, no como muchos de los pacientes de Bloxham, que no creen en la reencarnación incluso después de sus regresiones, y prefieren pensar que es algún tipo de herencia. Aquí otra lección para mí, muchas de estas personas no quieren tener vidas pasadas y la sola idea les aterra. Sin embargo, creo que el comentario final del Profesor Hartley, el historiador que verificó las historias de la antigua Roma, es muy elocuente. Tras sopesar el tema, le pide a Iverson que si vuelven a hipnotizar a Evans, por favor le pregunte dónde está el anfiteatro, porque todavía no han podido encontrarlo…

Una página a la vez: mi nuevo sitio web en GitHub

Hace algunas semanas cambié mi teléfono inteligente por un flip phone. En un par de ocasiones, he abierto mi laptop ultraligera 180% para tener algo que ver en el baño. He tenido que desempolvar archivos de diciembre de 2023 porque olvidé que el sistema operativo del iPhone era la única forma que tenía de autenticarme en GitHub y ese sitio web me pidió restablecer su confianza en mí con códigos de emergencia que apenas pude encontrar. También me ha generado un poco de ansiedad social, cuando la gente no me responde en WhatsApp, me pregunto si es porque les he dejado de responder en Instagram.

Mi tiempo en pantalla no se ha reducido en lo más mínimo. Tal vez ha aumentado. La diferencia es que ahora paso en la laptop haciendo cosas creativas. Por ejemplo, aprendí a crear un sitio web en GitHub, lo cuál es ridículamente simple pero a mí se me hizo bastante complicado. Primero, creé un sólo documento (saltándome los pasos innecesarios) y eso funcionó de maravilla. Me enamoré de la estética y me pregunté qué más podría hacer. Me metí a la galería de Quarto (el editor de documentos guapos de R). Encontré un perfil y dije “oh, que bonito”, y empecé mi “plan” de solo copiar archivos.

Mi sitio web se veía como la versión barata del sitio web del señor al que le estaba copiando. Así que aplasté Ctrl+U y empecé a buscar qué líneas en su código le faltaban al mío. Así descubrí que Quarto tenía extensiones, google me dijo cómo instalarlas.

quarto add quarto-ext/fontawesome
quarto install extension schochastics/academicons

Nada. Ir al repositorio original, darse cuenta que las carpetas están en otro directorio. Cambiar de directorio en la consola, instalar otra vez las extensiones. Nada. Mientras esto pasaba, mi cerebro empezó a recordar las cosas que ignoró en el tutorial original. Abrí el historial y empecé a buscar el video de cómo crear páginas web en Quarto y fui directamente a donde mostraban el archivo yml que es el que le da toda la configuración al sitio web. Yo había hecho trampa robándome pedazos de ese código y poniéndolo directamente en la cabecera de mi archivo. Me robé más archivos del señor que tenía la página web bonita y de repente todo era peor porque ahora me pedían que instale más paquetes, que instalé y ejecute los scripts en python que también me robé y todavía no sé para que sirven.

¡Bingo! Las cosas se veían perfectas a mi computadora, tiempo de sincronizar mis archivos con el repositorio web—olvidé contarles ese paso: uno tiene que sincronizar ciertas carpetas en la computadora con carpetas en la web; algo que logré en mi tercer intento—a ver. Mozilla Firefox, nueva pestaña, teclear la URL, enter.

Su sitio web necesita un archivo index.html Vaya y lea la documentación.

Me rasqué la cabeza y, para hacerles el cuento corto, el problema es que escribí las mismas órdenes en varios sitios por eso de que me salté pasos y luego los volví a seguir, generando que los directorios creen más directorios y los archivos estén un piso más abajo de donde tenían que estar. Finalmente me di cuenta, corregí otros errores menores y subí la versión limpia a mi repositorio donde pueden ya encontrar el primer archivo de mi portafolio de análisis de datos y mi perfil donde digo que soy la última coca cola del desierto porque el señor al que le copié fue a Oxford y también era la última coca cola del desierto.

Ottawa, 10 de agosto de 2024

Desperté a preparar huevos revueltos en el sartén de acero. Las mitades desiguales de cinco cascarones terminaron en el compostaje porque estaba demasiado dormido para recordar qué iba dónde cuando rompí el primer huevo. Seis claras y siete yemas—uno vino con sorpresa. Sal, pimienta, y un par de cebollines picados. Todo al tazón. Batir, batir, batir. Lanzar agua al sartén. Ver las gotas bailar. Secar el sartén. Hechar aceite, hechar los huevos. Amarcar al crío porque está triste ya que mamá se comió sus masmelos. Encontrar un par de chicles. Reemplazar los masmelos.

Alice me pide jugar a una cosa. Le doy gusto. Quiere jugar otra vez. Le digo que nos vamos al parque con la esperanza de encontrar otros niños con los que ella pueda jugar. Llevo mi mat para poder hacer mi rutina de fisioterapia. Nos terminamos divirtiendo. Mamá llama. Trae un traje de baño. Nos quedamos en el parque unas cuántas horas. Leo self-made man. Compramos papas fritas, coca cola y jerky beef para mí. Gomitas y papas fritas sabor a salsa de tomate para Alice. Jerky beef picante para Andrea. Nos olvidamos de almorzar.

Vamos al mercado por frutas en las bicis. Andre tiene una canasta así que ella va a cargar las compras. Hoy apenas y pongo atención a lo que voy a comprar porque encontré un mango en los estantes de la tienda. El mango aparentemente viene de Israel. Es el mango más hermoso que he visto en toda mi vida. Le digo a la tendedera “voy a pagar esto”, ella entiendo que debí haber usado el verbo “comer” y me da una servilleta. No sé que hubiera echo sin esa servilleta.

Horas más tarde en el parque—efectivamente volvimos—una amiga política se alegra de que como mangos “en público”. En parte por sus raíces caribeñas y en parte por un molesto episodio con un ex-esposo que no veía eso con muy buenos ojos. “Claro que como mangos en público”. Le digo “amiga política” porque no sé que términos debemos usar los padres para referirnos a los padres de los amigos de tu hijo. Creo que amiga política es una buena idea.

Regreso a casa a las cinco porque mi cuerpo sí se acordó que no almorcé. Que bueno es tener comida hecha en casa. Después de leer otro rato, decidí ir al centro comercial a comprar una chompa para lluvia. De camino hablo con una amiga sobre lo decadente del modelo adulto canadiense (palabras suyas, no mías). Consigo una chaqueta semi impermeable de UNIQLO (¿cómo pronuncian eso ustedes?) Pago, quito la etiqueta y me la pongo. Hago una llamada desde mi teléfono nuevo tras confirmar un compromiso previo. Empiezo a caminar hacia el parque.

Soy un niño esperando a su mamá en la fila del supermercado otra vez. Estoy a punto de ser el primero en la fila y voy a tener que decir que soy cinco personas. Cuatro adultos y un niño, pero en ese instante la verdad es que era solo yo. The Tavern es un bar al aire libre que es medianamente popular casi todos los días, pero hoy hay fuegos artificiales y conseguir una mesa es complicado. Mis cálculos fueron correctos y estoy a punto de conseguir mesa a quince minutos de que empiece el espectáculo. Diez minutos antes, somos tres. Llego al comienzo de la fila. Se cae el cielo. ¿Les mencioné que este es un bar al aire libre? La gente se recoge bajo las pocas sombrillas disponibles como pétalos que se cierran al final del día. Todas las mesas están libres pero nadie sabe qué está disponible. Somos cinco, ninguno tiene paraguas. Improvisamos un plan b y nos vamos para casa.

Soy el único que va a pie y llego a casa antes que nadie, pero el resto no tarda en llegar. Les ayudo a subir las bicis, “no se preocupen, igual voy a secar el piso”. Aparentemente nadie tiene hambre, pero siempre cae bien un café con chocolate. Saco los platos limpios del lavaplatos, Beatriz se ofrece de voluntaria para llenarlo de platos sucios. Conversamos de nuestra última semana. Preparo el tablero de ajedrez, evado un gambito Smith-Morra. Gano con las piezas negras. Alice quiere jugar. Está cada vez más perspicaz. El día se acaba. Nada extraordinario, pero cuando voy a darle las buenas noches, siento que realmente lo disfruté. Le pido que me recuerde este día en el futuro porque estoy viejo y voy a olvidarlo. Me dice que ella también, que tome nota. Creo que es un buen día para revivir a mi blog.

Demasiado honesto

Problemas

Si puedo rastrear los problemas más grandes que he tenido en la vida a una sola cosa es esa: soy demasiado honesto. Ya no estoy en edad de pensar que esa es una virtud pura. Toda cualidad tiene su lado oscuro. La terquedad es la gemela malvada de la tenacidad. El generoso casi siempre peca de ingenuo. Y el honesto escribe en su blog sobre cómo obsesionarse con la verdad te causan estrés postraumático e inestabilidad laboral. ¿Ejemplos concretos? Cuando tenía 29 años trabajaba para el gobierno y publicaba en prensa sobre el espionaje del gobierno. No solo lo denunciaba, sino que me mofaba en público de su incompetencia. Ya todos sabemos cómo terminó eso.

A menudo lo he descrito como quemar puentes. Y no piensen que es algo de lo que me siento orgulloso, a menudo esos puentes cayeron antes que los pueda cruzar. Jamás he podido disimular el descontento con mis jefes. De hecho, creo que hago un esfuerzo por dejar lo más claro posible cuál es mi postura. Resisto con exceso si es que algo me parece inaceptable. Siempre habrán dos versiones de esos encontrones (aún prefiero la mía), pero hoy me pregunto: ¿por qué?

Salir de un puesto en el sector público implica muchas cosas. A menudo, estás obligado a presentar un informe de fin de gestión. Escribir esas líneas tras mi despido del ministerio de salud pública me dio tanta satisfacción. Comparar mi rendimiento con el de todos los demás era la mejor respuesta que pude dar a las personas que decidieron que era el prescindible. Si repitiera ese ejercicio con cada uno de mis trabajos, me pasaría algo similar. Trabajar conmigo tiene ventajas. Identifico desafíos institucionales, oportunidades de mejora. A menudo, soy tan curioso que puedo aprender e implementar sistemas nuevos (en la UTE, por ejemplo, implementé Open Journal Systems y REDCap). Si no sé algo, aprenderé y si aprendo algo me gusta compartir con mis compañeros de trabajo. Sin embargo, me siguen despidiendo. A veces, no me despiden, pero la tensión crece tanto que prefiero renunciar preventivamente.

El incidente

Pero siendo honestos, no logro entender del todo porque me enojo tanto con mis jefes. De hecho, jamás pensé que fuera importante hasta hoy cuando escuché Thinking about work. En esta entrevista, Alain de Botton dice que nuestras reacciones viscerales reflejan experiencias de nuestra infancia. Adoptando ese concepto, pareciera que me enojo con mis jefes cuando se portan igual que mis papás (o algún otro personaje no macabro de mi infancia). Entonces he pasado este último par de horas pensando en las cosas tan terribles que pasaban en mi casa. Lo único en lo que puedo pensar es el episodio de la pasta de dientes. Papá inisitía en que aplastemos la base de la pasta. Mi papá fue, es y será vehemente. Entonces un día, yo entré al baño y encontré el tubo de colgate aplastado por la mitad. No recuerdo qué dije, pero pusé el grito en el cielo. Toda mi familia estaba en el baño mientras yo mostraba la evidencia del delito gritando ¡¿QUIÉN FUE?!

 

Obviamente regresé a ver a mi hermana. La más inmadura de la familia (jeje, te quiero ñaña). Pero ella meneó la cabeza y su cabello agarrado en cola diciendo que no. Y bueno, ¿qué esperaba yo? A veces mentíamos un poco para escapar de esas circunstancias. Pero dudé y regresé a ver a mi mamá. Ya no recuerdo su cara, pero seguro estaba más confundida que los extranjeros tratando de cruzar el paso zebra entre el parque La Carolina y el Mall el Jardín. En todo caso, seguro mamá se olvidó o mi hermana mintió.
Estaba a punto de darme por vencido y hacer nota mental de guardar medio rencor hacia cada una de ellas (por si acaso) cuando una voz masculina paralizó la escena. “Yo fui”.

Creo que jamás en la vida me sentí tan indignado por algo tan insignificante. Ni cuando mi ex me confesó que me había sido infiel (hola, Kata, espero esté todo bien). Pero el hecho de que mi papá insistiera tanto en mantener la disciplina para luego romperla me superaba. Por supuesto, estoy partido de la risa mientras escribo eso. Pero sinceramente no se me ocurre una mejor historia. Y no quise dejar pasar la oportunidad de deshilar mi teoría de que no puedo mantener un buen trabajo porque mi papá aplastó la pasta colgate por la mitad.

Mijito, haga caso

Pero siendo un poco más serio, creo que sí hay algo que marcó mi infancia lo suficiente para dejarme este terrible defecto. No tiene mucho que ver con la honestidad sino con algo peor: necesito que la gente me haga caso. Hacer caso no porque mi autoestima dependa del número de visitas (también soy eso: por favor, suscríbanse a mi canal de YouTube y síganme en Twitter e Instagram). Cuando digo “háganme caso”, quiero decir obedézcanme. En el peor de los casos, quiero que al menos me den la razón.

Acá sí hay varias historias que se repiten una y otra vez. Yo tratando de entrometerme en una conversación adulta. Los adultos mirándose unos a otros. Mamá llevándome a un lado diciendo que los deje hablar. Por supuesto, tampoco recuerdo qué dije, pero dado el contexto seguro que no era nada brillante. El problema no era tanto que mis argumentos eran disparatados (al menos, nunca tendré esa certeza), sino que nadie discutía conmigo. Nadie escuchaba mis ideas y me explicaba porque estaban mal. Simplemente mi opinión no era válida por defecto. Porque era niño. Sufrí lo que los gringos conocen como ageism y que tristemente no tiene una traducción bacana. ¿Edadismo? Ser discriminado por el simple hecho de que eres de otra edad.

No les miento cuando les digo que esperaba con ansias la siguiente etapa de mi vida para dejar eso atrás. Esperaba que al llegar al colegio las cosas cambiaran. Luego, que mi voz sea aceptable al llegar a la mayoría de edad. Eventualmente, me di por vencido. Si la edad no era el problema (porque la gente seguía sin hacerme caso), podía solucionarlo todo con un diploma. Cuando realmente pensé qué quería “ser de grande”. No me pregunté quiénes ganan mejores sueldos, cuáles eran mis aptitudes o cómo se vería mi día a día en la profesión. La única pregunta que me hice fue: ¿cuál es la profesión más respetable a quien la gente tiene que escuchar? Y así, amigos míos, es como terminé estudiando medicina.

Medicina basada en evidencia

“Conocerán la verdad, y la verdad los hará libres.”
Juan 8:32

Realmente disfruté la primera mitad de mi carrera (cuando primaba el contenido estructurado sobre la resolución de casos). El señor decano —que tenía el mismo efecto en nosotros que Wilson Fisk en el universo del hombre araña— se convirtió obviamente en mi punto de referencia. ¿Cómo? Pues dictaba la cátedra de medicina basada en evidencia (MBE). La MBE desterraba la visión del médico idealizado (¡mierda!) por el uso “consciente, juicioso y explícito de la mejor certeza científica“. En este punto de mi vida, no debería asombrarle a nadie que me haya inscrito en un doctorado de epidemiología y salud pública. ¿Saben lo satisfactorio que es para mí publicar un artículo científico? Tengo nueve artículos en Scopus, y tres los he publicado solo (lo cual es algo no imposible pero un poco raro). ¿Saben qué hago cuando quiero subirme el ánimo? Revisar mis citaciones en Google Scholar. La cantidad de veces que alguien menciona mi nombre como voz autoritaria (118, por si se lo preguntaban).

Mi obsesión con la verdad y con ser honesto se conecta con un viejo adagio que he escuchado desde niño: “Al final, la verdad siempre prevalece”. Si mi voz se ciñe a los hechos, casi siempre tendré la razón y, eventualmente, la gente me hará caso. Y si no, tendré el disgusto de abofetearles un “te dije”.

Zanahorias y palos

Otra de las cosas que me molesta demasiado es que me impongan condiciones absurdas. Por ejemplo, estallé cuando uno de mis exjefes me dijo “puede ir [a una conferencia científica] si termina la presentación” con la que me pidió ayuda. Sencillamente exploté. ¿Por qué? Mentiría si dijera que mis padres me tenían esclavizado. No recuerdo que debiera hacer cosas para que me den permiso. Fui un niño mimado. Lo que sí recuerdo es que estaba metafóricamente atado a otros niños de mi misma edad. Por ejemplo, cuando fui a mi primer curso de guitarra, aprendí bastante rápido y quise seguir avanzando solo. Lamentablemente, no iba al curso solo sino que fueron mi prima y mi hermana (sé que suena horrible, pero quiero ser transparente sobre este “trauma”). Quizá mis papás y tíos no podían pagar demasiado, pero el punto es que no podía avanzar a los próximos ejercicios. Tenía que sentarme en el aula a esperar que otras personas se igualaran.

Lo mismo sucedió en mi primera prueba de ascenso de taekowndo. Estoy seguro que me debían haber ascendido directamente a cinturón amarillo con puntas azules, pero mis papás querían que mi hermana y yo estuviéramos en la misma clase. Nada de esto puede ser verificado. Incluso puede que fuera mentira, pero yo internalicé esas experiencias. Era extremadamente frustrante. No sé si eso explique por qué exploté cuando me pidieron que haga una tarea que no me gustaba como condición a hacer otra que me importaba. Lo más inapropiado del tema es que usé la profesión de mamá como insulto. “No soy su secretaria”.

Ética laboral

¿Por qué les cuento esto? En parte porque es terapia. Pero en la práctica, un buen ambiente laboral necesita este tipo de honestidad. De aproximarnos al trabajo conscientes de nuestros defectos. No les digo que son cosas que voy a soltar en la primera entrevista, pero creo que sí compartiré algunos detalles una vez firmado el contrato. A menudo escuchamos hablar de honestidad intelectual, pero la honestidad emocional también es relevante. Me aterra pensar que, en un futuro, mis ingresos y prestigios dependerán de mi capacidad para escribir grants. ¿Cómo me voy a sentir cada vez que alguien rechace mis aplicaciones? Como ese niño de seis años preguntándose por qué no le hacen caso. Quizá por eso me encantan tanto las labores editoriales. ¿Qué puede ser más bonito que decirle a otra persona que no puede escribir una frase como ella quiere sino como la quiero yo? Sí, hay gente a la que le pagan por eso. Quizá el mejor trabajo sea aquel donde brillemos por nuestros mejores defectos.

 

 



 

La bufanda

Cuando murió mi abuela, no fui a su velorio. No quise. Recordaba que no me agradó para nada la ceremonia cuando partió mi abuelo y se lo dije a mamá.

—No voy a ir.

—¡Pero es mi madre!

Respondí con algo parecido a “no me importa”. Creo que nunca se sintió tan traicionada. La verdad es que no podía entenderla. Jamás en la vida me había faltado mi madre. Más bien lo contrario. Una vez me fui a la escuela sin desayunar (el chofer del bus era extremadamente puntual) y cuando llegué mamá estaba ahí con una taza de leche con café. Me la tomaba mientras me decía que jamás vuelva a salir de la casa sin haber comido algo. Es un recuerdo que llevo como un tatuaje. Mamá en uniforme dándome de comer.

El velorio de mi abuela transcurrió como debía, supongo. Todos continuaron más o menos con sus vidas como pudieron, excepto Paty, mi prima. Quien alguna vez fuera una persona exclusivamente risueña. Esa Paty no volvió. La familia estaba totalmente destrozada porque todos nuestros rituales giraban en torno a la abuela: la fanesca, la colada morada y la novena de navidad. Cuando era niño, cuatro de los seis hermanos vivían con los abuelos. Las otras dos hermanas visitaban la casa con frecuencia. Yo incluso tenía la llave porque vivía a meras dos cuadras. La casa de los abuelos era nuestra Mecca. Fue duro cuando murió el abuelo, pero esto era un terremoto preguntando si el edificio va a seguir entero.

La casa se sostuvo. Se sostuvo porque migramos todas nuestras tradiciones y reuniones al portón de enfrente. En retrospectiva, era apenas lógico. Mi tía Colombia era la que dominaba las recetas familiares. Jamás se alejó de mis abuelos y era mamá en derecho propio. La ñaña Colombia se convirtió en el nuevo centro de la familia. Mi mamá siempre se refirió a la tía como la más fuerte de las hermanas. En mi memoria, “la Colombi” empezó a existir al graduarse del colegio, como alguien extremadamente responsable. Nunca conocí una versión infantil de mi tía. Jamás supe de alguna travesura de su infancia. Al contrario, era quien corregía a mi abuelo y apoyaba a la abuela. Quien le dijo a mi madre qué estudiar. Y en ese presente, quien tejía todas mis bufandas y sacos de lana. La pregunta en navidad no era tanto, ¿qué me irá a dar? Sino cuál sería el modelo del saco y el color de la lana.

La transición había empezado incluso antes de la muerte de los abuelos. Cuando papi Julio aún vivía, le dijo a Paty que prendiera las velas para empezar la novena. Ella le dijo que tenía eso prohibido y papi Julio me dijo: prende tú. Mis papás aún no me han prohibido nada. Y entonces agarré los fósforos y lijé esa cabeza. Me sentí más varón que nunca. En ese entonces, ya rezábamos la novena guiados por la abuela, pero en casa de mi tía. También allí se desgranaban los choclos, se desmenuzaba el bacalao, se repujaban las empanadas. Ahora que lo pienso, si mi abuela pudo seguir tanto tiempo al frente de las novenas, fue por la paciencia, trabajo y dedicación de todos mis tíos, pero especialmente de mi tía Colombia.

***

El miércoles recibí un mensaje de mi madre. “La misa empieza a las 12 pm, voy a hacer una lectura”. El enlace me llevó a una cámara aérea de la capilla donde velaban a mi tía. Cuando empezó la ceremonia, doce personas mirábamos en línea. Había ya algunos comentarios de pésame a la familia y me di cuenta de que no era el único atascado en la ciudad equivocada. Mi tío Richard había tomado el primer avión disponible y estaba sentado en la primera fila junto al esposo e hijas de mi tía. Detrás estaban mis otros tíos y en tercera fila la familia política. En la columna derecha estaban mi mamá y mi hermana. Regresé a ver mis ropas preguntándome por qué no estaba vestido de negro. Supongo que son accidentes que no ocurren cuando tienes con quien compartir el luto.

“El señor es mi pastor, nada me hace falta”. Mamá leyó el salmo responsorial que jamás falta en un velorio. Creyente o no, el salmo 23 es una de las poesías más lindas jamás escritas. “Aunque pase por el valle de sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estás conmigo”. Mamá debe haber perdido la cuenta de las veces que ha leído ese salmo para consolar a alguien más. Hoy, mientras leía, esperaba que pudiese consolarse a sí misma.

No voy a mentir, ver la misa fue algo completamente extraño. La voz del sacerdote tenía un ritmo completamente extraño, y el servicio exequial había contratado a alguien que haga las veces de público en el micrófono. Sin esa persona, la voz del sacerdote hubiese dialogado con decenas de murmullos inaudibles y seguro buscaban corregir eso para mejorar la experiencia de quienes veíamos en línea. Tal vez todo empezó porque en la pandemia, el sacerdote era el único presente en la ceremonia. En todo caso, los únicos momentos reales de la ceremonia estaban a manos de mi familia.

A parte de Paty, la tía Colombia tiene dos hijas: Paola y Anita. Ambas se dedicaron a las letras, igual que su papá. Paty es médica, y fue con ella que me entendí mientras mi tía estuvo en el hospital. Fue ella quien me escribió en la madrugada a contarme que mi tía “se fue”. Cuando mi tía recibió su diagnóstico, toda la familia estuvo ansiosa y confundida. Nosotros, al contrario, teníamos una idea bastante clara de lo que sucedería. Las terribles desventajas de haber pasado años estudiando para momentos de impotencia como esos. Creo que nadie más en la familia puede entender lo que es eso.

Mientras se desarrollaba la ceremonia, mi cerebro trataba de procesas esas palabras. “Se fue”. Y yo decía, ¿se fue realmente? Desde hace tiempo, creo en esa doble muerte de la que habla la película Coco. Nuestras ideas y actos nos sobreviven y dejan una parte de nosotros en el mundo. Sé que es poco consuelo, pero una persona no se va del todo. Al mismo tiempo, pensaba que hay cosas que definitivamente se van. Las caricias, los abrazos, los olores… Me preguntaba si sería capaz de encontrar palabras adecuadas para hablar también de esa vida eterna que mencionaba el sacerdote. Eterna mientras recordemos.

Una desconocida tomó el micrófono y anunció que leería algo a nombre de Ana María. Si esto fuera una montaña rusa, este es el momento donde te aseguras de que te pusiste bien el cinturón. Mi prima me ha sacado lágrimas, aunque no se lo he contado. Recuerdo que estaba en un hotel en Toronto, en medio de una conferencia cuando leí un texto suyo. No voy a mentir, me perdí la conferencia magistral por leer ese texto y quedé devastado. Mi esposa solo vio que me descuajeringaba en la cocina, llorando desconsoladamente.

Es difícil transmitir todo lo que dijo mi prima, es más, sería absurdo intentar replicarlo aquí. Pero creo que su reclamo de que la vida es tan hijueputa fue justo. Así como justo fue todo lo que dijo de mi tía, de lo solidaria que era. No me malentiendan. Odio que, en los funerales, todo el mundo solo habla cosas bonitas de los muertos. Lo entiendo desde la lógica y tal, pero siempre me ha molestado. Ahora, ese resumen de vida, ese elogio, me parecía totalmente balanceado. Mi tía vivió para servir a otras personas, independientemente de cuánto tuviera en el bolsillo. Mis recuerdos de ella son tres: estaba preparando comida para alguien más, o estaba extendiendo la mano para darle algo a alguien más, o estaba tejiendo para alguien más. Si fue injusta con alguien, fue con ella misma, por haber dado a los otros demás.

La otra cuestión con el discurso de Anita es que era un poco escuchar hablar de mi madre. Estoy seguro de que, de haber estado en la misa, mi hermana y yo nos hubiéramos regresado a ver como diciendo “ve, mi mamá es igualita”. Lo cuál hubiera sido chistoso en cualquier otra circunstancia, pero no un velorio donde estas palabras nos infundían miedo. Miedo a perder a mamá, a que me deje tomar el bus sin desayuno y no esté estacionada frente a la escuela cuando llegue. Miedo a la vida, porque es inevitablemente hijueputa. Miedo a estar lejos en el momento equivocado, a quedarse lejos, a todo lo demás.  Perdón mamá, debí haberte acompañado al funeral.

Hace pocas semanas, mamá me comentó que mi tía hizo un gesto de agradecimiento. Estaba contenta de que compré los pasajes de avión. Estoy seguro de que esperaba verme, a mi esposa y a mi hija. Estoy seguro de que quería darme un abrazo y, obviamente, regalarme una bufanda. Pero hay abrazos que cuestan miles de dólares y solo son asequibles en ciertas fechas. Hay abrazos para los que uno tiene que programar anticipadamente un reemplazo en la cafetería y consultar con las regulaciones regionales. Hay abrazos que son más difíciles porque te fallan las fuerzas y el cuerpo no te alcanza.

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Días atrás empecé a reorganizar la ropa. Con el fin del verano, uno tiene que reorganizar el clóset para que las cosas abrigadas estén a mano. Puse todo lo que me iba a ser útil en una bolsa y, como no sabía exactamente dónde ponerla, la dejé en el suelo. Ha estado ahí un par de semanas sin pena ni gloria. Hoy Alice se tropezó con la bolsa y se quedó fascinada con las bufandas. Se enrolló una en el cuello y casi ahorca a la mamá con la otra. Me la colgué al cuello, es prácticamente un abrazo.