Crónicas de Jerusalén

Uno sabe que está en época de vacas flacas porque ningún libro de los que tienes a mano te convence. Así estaba. Ojeando a Joe Sacco, expurgando The Best American Comics, negociando una segunda oportunidad al cómic sobre la vida de Mandela, releyendo Historias del país de Quito. Ya conocen esa pesadez, similar a la de quedarse despierto no por falta de sueño sino porque la idea de apagar la luz y pensar en mil cosas bajo las sábanas no es apetecible. Iba pues, arrastrándome por la vida cuando entré al Book Store de UBC. El mismo que aparece en De paseo por Downtown.

book storeAhora que ya sabía dónde quedaba, fui directo a la sección de novelas gráficas. Pensé en tomarme mi tiempo y buscar un libro que haga conmigo lo que la chica de a lado hizo con Matthew (Emile Hirsch).

El plan fue un fracaso, apenas mis ojos se estacionaron a la distancia que permite leer las letras en vertical, supe que iba a comprar el único libro que atiné a mirar: JERUSALEM – Chronicles from the holy city.1 ¿Por qué? Pues porque era compra segura. A Guy Delisle ya lo conocí tras leer Crónicas Birmanas. Como dije, le tengo envidia porque anda a todo lado en bicicleta, vive de dibujar y es contento con su trabajo de amo de casa. Su estilo narrativo —si bien no envuelve— encanta.

El libro era carísimo, US$19, pero yo vengo de Ecuador donde estas maravillas pagan impuesto a consumos especiales, de importación y al valor agregado. Cualquier libro que al canadiense promedio le resulte costoso, para mí es una ganga. Me acerqué al mostrador y le mostré mi sonrisa de hornado a la cajera. «¿Eres parte del club de libro?» «Of course!» Saqué mi carnet de estudiante y acumulé puntos para un futuro descuento. Agarré el libro, que es mucho más grueso que el anterior, y empecé a pasar las páginas. Al inicio me dio la impresión de que era mucho más largo que el anterior, pero la diferencia no es tanta. Esta edición, de lujo, venía en papel grueso y por eso era más gorda y pesaba más.

Demoré una semana en leer el libro. Ya sé, son dibujitos. Cuando uno era niño y leía cómics —si estabas en Ecuador, seguramente se trataba de Condorito—, la revista de treinta páginas te la acabas en media hora. Un libro de trescientas páginas debería tomar uno o dos días a lo sumo. Pero no fue así, muchas de las mini-historias (que en promedio alcanzan en una hoja) son profundamente dramáticas y, tras leerlas, uno siente la necesidad de juntar los pulgares, levantar un poco el mentón y hacer introspección. Es arte del bueno, uno se pasa en esa posición sin tener palabras en la cabeza, sino esa sensación que algunos reconocen como neuronas desenchufándose de un sitio para conectarse a otro. Si fuéramos avatares en un mundo virtual, el jugador no podría tocarnos durante esos momentos y lo sabría porque tendríamos un aviso de «ACTUALIZANDO…» en plena frente.

¿De qué va el libro? Pues de conflictos. Habrán ustedes escuchado eso de que los extremos opuestos se atraen. Es cierto y Jerusalén es el espacio donde finalmente se encontraron. Ahí viven muy cerca y rozan frecuentemente. «La pared», dice la versión gráfica de Delisle, «es extremadamente interesante (desde un punto de vista gráfico)». Uno podría pensar que las barreras son soluciones naturales al conflicto, pero siempre dependerá de quién la erija. Usualmente ese bando decide el lugar donde se asienta y el otro qué grafitis escribir en protesta. «Arbeit macht frei».  Barreras en las calles, barreras entre iglesias y conventos, barreras en el camino a la escuela. Y si no hay barreras, puntos de revisión. «Ellos se hicieron esto a sí mismos», dice alguien en las crónicas, refiriéndose a la elección democrática de Hamas (¿qué esperaban que hiciera Israel si eliges a un partido que consta en las listas de casi todo el mundo como terrorista?) «La democracia sólo funciona si eliges a los que ellos quieren».

Captura de pantalla de 2016-07-25 00:16:07

Y bueno, a mí me apasiona la política pero este libro le encantaría también a mi mamá. Habla de lugares sagrados, de tradición y religiones. Es imposible no querer detenerse a abocetar tras leer el libro, a cuadrar la perspectiva que mejor se acomode en una hoja. Otra cosa que me sucedió es que me entraron las ganas de hacer una lista de todos los lugares citados que quisiera visitar, de los tips de viaje que se pueden usar para ahorrar minutos en los check-points, entre otras cosas. Leer hasta llegar al mismo punto al que llegan los judíos ultra-ortodoxos en una de sus celebraciones religiosas por órdenes divinas (página 211) —tienen que beber, dice el libro sagrado, hasta no poder diferenciar el bien del mal.

Notas al pie

1 La traducción al español, «Crónicas de Jerusalén», ya va por la quinta edición. Existen algunos sitios web donde uno lo puede descargar (o lo pueden ordenar en línea buscando el ISBN). Yo recomiendo contribuirle al autor porque vale la pena.

Cómic review: Autobiographix, Persépolis, Crónicas de Burma & Blue Is the Warmest Colour

img_5245Quienes leyeron mi primer cómic saben cómo empezó todo. Estaba caminando cerca del parque La Carolina cuando me entraron las ganas de curiosear en la librería que estaba a mi izquierda. No sabía entonces que esa tienda se especializaba en novelas gráficas pero fue una grata sorpresa porque los días anteriores yo había empezado a leer los cómics sobre Avatar: La Leyenda de Aang. Era muy difícil encontrar esos libros en el país así que tuve que recurrir a las bondades de Internet para poder leer qué sucedió con la mamá de Zuko y cómo empezó la construcción de Ciudad República. Trivialidades que entretienen. Bueno, estaba en esa tienda y me topé con AutobioGraphix, una compilación de cómics autobiográficos dibujados por grandes artistas, «leyendas» en el mundo de las viñetas. El libro me encantó por la sencilla razón de que jamas se me había ocurrido que los cómics se pudieran usar para decir las historias propias. Están esos cómics educativos y otros, los más famosos, están llenos de súper héroes. AutobioGraphix contaba mudanzas, recetas, fracasos, encuentros, todos reales. Sobra decir que cada artista tenía un estilo distinto que a uno le hace pensar en la variedad de recursos que se tienen a mano cuando uno tiene lápiz y papel. Cuando te dan sólo unos y ceros, pues el libro viene a blanco y negro.

Inicialmente el libro era para mi hermana, que es ilustradora, pero lo que empezó como una ojeada terminó como una corta y placentera adicción. Luego le confesé a mi ñaña que el libro era para ella pero me gustó tanto que prefería leerlo primero. Cuando finalmente lo acabé ella me reclamó «bueno ¿me vas a regalar o no?» «Sí, pero…» El asunto es que es de ella, pero yo quiero poder cogerlo cuando quiera y que esté en la casa. Para concluir, ambos pensamos que somos el dueño, aunque sea un poco más suyo… Debería haber dibujado esto.

Así comenzó una serie de adquisiciones afortunadas de cómics, especialmente aquellos de no-ficción. Después de haber leído «Tonto» (si sólo van a dar clic en un enlace de esta entrada, que sea este) de perdone mi francés, «El Tango» de Jorge Luis Borges y tras haber dejado a medias «No Ficción» (Fuguet); me dediqué enteramente a los cómics.

Reading PersepolisEmpecé con Persépolis, y creo que no pude tener más suerte. Persépolis, de  Marjane Satrapi, es una novela autobiográfica que cuenta la historia de Marjane en Irán, justo cuando llega al poder el fanatismo religioso y empiezan a obligar a la gente a vestirse, hablar, comportarse y pensar diferente. La escuché decir en una entrevista que si alguien mira a los Iranís —antes «persas»— sufriendo, no lo comprende porque lo asimila como algo ajeno. Los dibujos en cambio, dice ella, son una forma abstracta que permiten que cualquiera se pueda conectar con la experiencia. Y su explicación me basta porque es totalmente cierta. Leyendo Persépolis uno entiende qué contradicciones son las que tiñen la vida de alguien bajo un régimen islámico totalitario. Un año antes de que empezara el libro, Irán era tan liberal como cualquier otro país de occidente, es una transición bárbara y se vuelve más cruda cuando Marji, a sus 16 años, deja su país para ir a una Viena supuestamente moderna y termina en un convento de monjas. Tan cruel fue su vida que volver a Irán fue un alivio y ¿por qué no? si la parte más representativa de la vida es la que se vive bajo el techo del hogar y poco dicen los historiadores de cómo cambia eso entre régimen y régimen. Satrapi, dibujando indisciplinadamente, hace un hermoso trabajo al explorar esa realidad.

Luego de tremendo libro, me quedé con sed de más. Cerré la tapa azul de Persépolis y abrí la tapa verde de las Crónicas de Burma, un diario de viaje escrito e ilustrado por Guy Delisle. Las viñetas empiezan cuando Guy conversa con su esposa, una integrante de Médicos Sin Fronteras, sobre su nuevo destino: Myanmar. Allí, el ilustrador se dedica a cuidar a su pequeño hijo Louis, a andar en bicicleta y enseñar animación, ¿no es esa una vida ideal?. Delisle se dibuja como un personaje amigable y, contrario a lo que hizo Satrapi, uno puede navegar por sus viñetas sin sentir que el escenario está siendo juzgado. El libro finaliza con la visita a un templo budista donde el tiempo se alarga porque, tras tres días meditando, el autor sale diciendo que le parecieron años.  Es un libro relajado, no esperen el mismo tipo de acción que se lee en Persépolis.

© Guy Delisle

Finalmente, «Blue Is the Warmest Colour» o el azul es un color cálido. Para serles sincero, esta fue mi excepción a sólo comprar cómics de no-ficción. Las ilustraciones del libro me llamaron mucho la atención y pasaron días antes de que siquiera me diera cuenta que se trataba de la novela que originó «La vida de Adèle», película ganadora de la Palma de Oro y Cannes, ambos en 2013. Si bien la trama del cómic y la película varían, en esencia se trata de una historia romántica entre una chica que descubre, asimila y acepta ser lesbiana y su pareja que, al menos en el libro, siempre lo ha expresado sin molestia alguna. Ojalá no esté diciendo burradas pero creo que el cómic está especialmente pensado para chicas que tienen dudas sobre su sexualidad y busca incentivarlas a vivir su vida libremente. A diferencia de lo que sucede en la película, el personaje principal muere al final, dejando la sensación de que se pudo haber aprovechado mucho más lo hermoso del romance en lugar de pelear con los estigmas impuestos por la sociedad. Personalmente me resultó difícil conectarme con la trama pero el detalle que hace al cómic especial es la calidad de los dibujos.

Con Delisle y Satrapi, me era fácil imaginar cómo dibujar lo que veía. Julie Maroh hace eso mucho más complicado. Además del lápiz, hace uso de acrílico, acuarela, marcadores, otras dos cosas que no sé cómo traducir y, encima, Photoshop. El nombre de la novela tiene más sentido en su versión viñeta pues los colores también hacen parte de la narración. Y, efectivamente, el azul es el centro de la historia. Leo en redes sociales mucha gente conmovida por la historia, y creo que el libro logra generar un nuevo símbolo del amor entre mujeres. Un amor azul, no rosa. ¿Las fallas? Pues hay varias: el guión es simplón, los quiebres son forzados y no hay mayor desarrollo de personajes en una historia donde sí hace falta. Para suerte nuestra, los dos principales son arquetipos con los que son fácil relacionarse. Todo un chick flick, como dirían en inglés.

© Julie Maroh

El tango explicado por Borges

Resulta que antes de salir yo de viaje, mi papá me dijo que use nomás la tarjeta adicional que tengo a mi nombre si encuentro algo barato. Por «algo» se refería a zapatos y por «barato» a un par a precio de libre mercado sin tanto impuesto. Así que andaba yo, consciente de que frente a las necesidades uno puede hacer el sacrificio de ir de compras cuando me tope con dos pares.

Porque el tango, amigos, no lo bailan uno sino dos.

el tango

Así pues, me hice de este ejemplar que no es sino un dictado, apenas imperfecto, de cuatro conferencias secuenciales que brindara Borges. Como se trata de conferencias —él diría charlas—, el estilo narrativo que tienen las páginas le invitan a uno a imaginar la voz: cadencia, paciencia y edad. Es con esa voz, que al principio me parecía la de Galeano pero luego me di cuenta de que es más grave y elegante, que uno lee «el tango».

Pero no hay tango sin historia —y no hay historia sin época, escenario y personajes. Entonces lo que bien podría estar en una enciclopedia termina en manos de una de las personas más diestras que Latinoamérica haya jamás tenido. Diestra en letras. Letras de novelas, poemas y, como no, tangos. Borges relata etnográficamente, demostrando cómo desde la literatura se hace la historia.

Así que con estos mismos zapatos viejos que ando puesto, me di una vuelta por las «casas malas» de Buenos Aires del Sur. Desde allí, se dice, el tango surgió como un baile que era marginado por su origen oscuro, porque lo bailaban mujeres alegres y compadritos.

Y como ecuatoriano tras la crisis bancaria, el tango se fue a Europa y encontró el éxito —llegando a las cortes y a San Petersburgo. Y hablo del migrante porque luego el tango volvió, enaltecido, para convertirse en el orgullo de esa nueva patria. Los argentinos, dice Borges, eran aspirantes a parisinos. Hablaban francés o fingían hablarlo. «Por eso nos inventamos lo de latinoamericanos», para no decir España. Y el tango fue la manera en que el mundo, y París, reconocieron a Argentina.

De este libro, que todavía no acabo, he extraído tres citas de las que quisiera acordarme por siempre (pero como sé que no lo haré, las escribo con la esperanza de que me las recuerden):

  • «Todos nosotros llevamos nuestra humilde vida y además llevamos otra vida, imaginaria»;
  • «El miedo existe en imaginarse cosas malas antes que ocurran»;
  • «Pero más lindo es imaginar, y creo que siempre debemos optar por la explicación más estética».

 

Teju Cole

Es peligroso leer a Teju Cole cuando me he quedado sin héroes. Me hace pensar que, tal vez, quiera ser como él. Sus novelas, Open CityEvery Day is for the Thief, se bambolean entre la ficción y el periodismo narrativo. Para ser más claro, a uno le deben aclarar que se trata de ficción. Eso se imprime al final de sus libros, pero el único engaño en todo el texto parece ser esa declaración. Haberlo conocido complica aún más las cosas. El protagonista que pasea por las calles de Lagos (Nigeria) se le parece demasiado. Hosco, sereno, un rostro que piensa pero no duda. Ambos regresan de visita a su tierra natal, ambos imbuidos en su carrera médica (Cole abandonó la medicina para convertirse e escritor). Ambos son de esas personas que te dicen la mejor de las tres respuestas que tiene en su cabeza. En un mundo donde la mayoría de gente vive en un diálogo que se asemeja a una guerra de comida, el escritor nigeriano-estadounidense ofrece comida masticada, casi digerida, adornada como delicado postre.

«Mentí un poco sobre la geografía y cuando regresé me di cuenta que las cosas no eran como yo las había descrito», dice Cole en una de las entrevistas donde nos quiere convencer de que escribe ficción. Claro, acomodaste los hechos de la misma manera en que un fotógrafo compone la escena. Aumentaste la iluminación en ciertas partes de la historia que, naturalmente, no habrían resaltado tanto. Detuviste el tiempo para relatar tus pensamientos, pero ¿ficción? No sé qué pensar. Tal vez sea una manera inteligente de no preocuparse por detalles nimios que están pero son ruido. El zumbido de la refrigeradora, el tronar de la calle producto de los buses, las partículas imperceptibles de polvo son todas cosas cotidianas que jamás son referidas al son de «cómo te fue hoy». ¿Es ficción si uno decide modular la atención del lector únicamente? ¿Es ficción el romper la linealidad del tiempo para contar historias? ¿Acaso nuestro cerebro no hace eso?