De qué realmente se trata el debate sobre el aborto

Esta semana se me ocurrió opinar sobre el aborto en Twitter y como resultado mantuve una serie de conversaciones al respecto. La mayoría de las personas con las que hablé se oponía a la despenalización del aborto, algunas en toda circunstancia; otras, en ciertos casos. Aunque empecé a discutir sobre la diferencia entre embrión y feto decidí callarme porque me di cuenta que la discusión no debe ir por ahí.

Me dediqué a entender a las personas que me estaban echando la contra (yo sí pienso que se debe despenalizar el aborto) y me llevé la grata sorpresa de que en esa viña hay de todo. Lo que es más importante, uno no puede asumir que todos piensan igual y convencerlos con el mismo argumento. Primero, eso es mentira. Segundo, es estúpido. Y tercero, asume una posición superior de nuestra parte. Estoy abierto a la posibilidad de que me hagan cambiar de opinión y escuchar los argumentos de la otra persona, aunque no lo haga por primera vez, me permite saber dónde traza la línea. Quizá también, quien sabe, conocer nuevos detalles que antes no se me habían ocurrido.

Resulta que hay mucha pelea que se enfoca en la naturaleza del embrión humano. Básicamente aquí hay una gama de ideologías que van desde querer proteger la vida del embrión como se protegería la vida de cualquier ser humano hasta la deshumanización del producto del embarazo. En etapas tempranas, dicen estas personas, el embrión carece de aquello que lo hace humano.

Esa casi siempre es una pelea perdida sin importar de qué lado estén. Uno no puede deshumanizar al embrión si el otro lo ve como un igual porque tiene el potencial de tener una vida normal (porque es cierto). Y es igual de difícil convencer a las personas sobre la consciencia del embrión, si estas piensan que la consciencia humana es la manifestación de circuitos neuronales que el embrión aún no desarrolla. No le puedes hablar a alguien de un bosque si es que no existen árboles.

Luego está la pelea sobre el derecho reproductivo y el derecho a ser «dueña de mi cuerpo». Si el embrión no es un ser humano, entonces la mujer está realmente decidiendo sobre su cuerpo. Si el embrión es un ser humano «que no tiene la culpa», entonces tenemos el efecto contrario. Si la persona embarazada no quiere tener un hijo y pensamos que debe hacerlo, es entonces la mujer quien es deshumanizada y cosificada. Ella es un canal para la nueva vida. Quienes se oponen al aborto podrán o no reconocer que el embarazo tiene consecuencias para la mujer pero todos estos cambios son, a sus ojos, reversibles. «Aguántate nueve meses», aunque todos sabemos que es mucho más.

Es imposible superar enteramente estas dimensiones del debate pero al menos debemos dejar sentado que el embrión no es el único objeto de deshumanización en el contexto de un embarazo no deseado. Como ya expliqué en el párrafo anterior, la aserción de que una mujer embarazada debe mantener su embarazo la reduce a una función reproductiva por encima de sus decisiones de vida constituye también un proceso de deshumanización de la mujer. Y no hay duda alguna de que una mujer es un ser humano completo. La mujer está en su derecho de decidir el rumbo de su vida sin importar cómo se embarazó —y aquí es donde el embarazo por violación alivia esa tragedia social que es decirle a la mujer que ella decidió tener sexo y, por tanto, mantener el embarazo es su siguiente obligación.

Y luego está el verdadero debate. Si estamos hablando de la despenalización del aborto, no estamos hablando de si el embrión es o no humano, aunque importa. O de si la mujer tiene derecho o no a decidir sobre tener un hijo, aunque es una consecuencia inevitable. La despenalización es decidir si una mujer que ha abortado debe o no ir a la cárcel. Y aquí es donde yo me pregunto ¿a quién en este mundo se le ocurre que eso sea una buena idea?

Aquí hay varias presunciones que debemos tocar. La primera es que la pena de cárcel va a disminuir los intentos de aborto. Esto es altamente ineficaz. Los embarazos ocurren en escenarios íntimos y las pruebas de embarazo son libremente distribuidas sin registro alguno (y así debe ser). Una vez que una mujer está embarazada y decide abortar, lo va a hacer. ¿Por qué? Pues porque es un costo demasiado alto. No es que las mujeres no piensen en la posibilidad del castigo pero muchas de las veces la situación rebasa sus posibildades. Un estudio realizado por la agrupación ciudadana por la despenalización del aborto terapéutico, ético y eugenésico de El Salvador evidenció que las mujeres perseguidas penalmente son en su mayoría mujeres en situaciones de pobreza o totalmente dependientes económicamente.

Además no sólo está la carga económica. No voy a generalizar aquí todos los casos pero me voy a enfoncar en aquellos donde el trauma emocional de un embarazo resulta una carga emocional demasiado grande para una mujer. Así se lo explicaba ayer a una amiga: Si una mujer—y aquí querido lector piense en una mujer joven que usted quiere y aprecia como a una hermana— siente que tener un bebé es demasiado (demasiado como cuando mueren tus padres y sientes que no puedes con la vida) y decide abortar por cualquier razón que le resulte así de aterrorizante, yo aceptaría su decisión. Lo que es más, incluso si no compartiera su decisión, no la enviaría a la cárcel. Mucho menos considerando que en la gran mayoría de casos el bajo nivel de educación de las personas encarceladas por abortar demuestra que no tuvieron acceso a una educación sexual adecuada. De 72 mujeres procesadas entre 2000 y 2011 en El Salvador (cuyas datos de educación conocemos), sólo 21 habían concluido la secundaria y apenas cuatro tenían título universitario.

¿Qué sí producen las penas de cárcel por aborto? Que no existan procedimientos médicos apropiados al alcance de estas mujeres. Las mujeres que no pueden abortar, pero lo intentan, usualmente desarrollan infecciones intrauterinas que pueden terminar en sepsis. La atención médica disminuye ese riesgo enormemente, y en caso de infección el tratamiento oportuno previene la muerte. Si las mujeres tienen temor de acercarse al médico por miedo a ir a la cárcel, en muchos casos mueren.

Está claro que no todos los casos de aborto caben dentro del perfil que he descrito, pero las leyes de un país deben, por principio, proteger a sus poblaciones más vulnerables. Sé que esto está muy lejos de cerrar el debate sobre el aborto, y tampoco creo en posiciones absolutas, pero si todos los esfuerzos y campañas dedicadas a promover el encarcelamiento de mujeres que decidieron terminar su embarazo, se dedicaran a la erradicación de la pobreza y a la mejoría de educación sexual y reproductiva y fácil acceso de métodos anticonceptivos, se evitarían muchos más embarazos no deseados y, consecuentemente, abortos sin castigar principalmente a mujeres de poca educación y bajos recursos, sin la cosificación del embrión humano y la deshumanización de la mujer. Creo que es una opción en donde todos podemos ganar.

Raíces

A este octubre le queda una semana de vida. Con ese entierro, estoy a sólo seis meses de volver a casa. No quiero contener la sonrisa que eso me produce. Estar en Vancouver, no les voy a mentir, a veces se siente como una condena.

Mi primer año estuvo lleno de expectativas. «Grad School is awesome», me dijo un amigo y le creí. Lo que no me contó es el shock cultural que el cambio me iba a causar. ¿Y él cómo iba a saber? Si es canadiense. Si fue también a una escuela internacional, como la mayoría de mis compañeros. Daniel seguramente abandonó la casa de sus padres a los dieciocho para ser independiente.Pensaba en ello el miércoles pasado cuando me encontraba leyendo sus rostros mientras estábamos todos sentados en la sala común que rodea a la chimenea. Amanda, Rachelle, Morgan, Caitlin… Todos ellos tienen una cronología similar. Para ellos es una separación planificada, no un arrebato de la vida. Cuando las economías avanzan, la gente se prepara para competir por las mejores posiciones. Las comunidades se fragmentan, los individuos se hacen móviles. Están dispuestos a ir a cualquier ciudad. Hay que enfocarse no en lo que estuvo antes sino en lo que viene después. Son como semillas. Yo, en cambio, ya tengo raíces.

Tal vez la explicación sea otra y no sea cuestión de maceta sino de edad. A mis diecinueve yo también proclamaba independencia. Pensaba que no necesitaba de mis padres. Los problemas del mundo no me habían tocado. En ese entonces vestía con ropa ligera y tenía un mantra distinto antes de salir de casa. «Llaves, billetera, libro», el que sea. La cartera marca Totto tendría no más de un dólar con setenta y cinco centavos. Eso era suficiente movilidad, siete buses para ser exacto. Nunca estaba a más de dos de casa y casi siempre me bastaba el transalfa de la católica o el monjas en la casa de la cultura. En esa edad la lectura era más fácil, la ingenuidad le permite a la ficción no mostrarse como tal. Ahora rara vez me puedo dar ese lujo. Lean con más frecuencia mientras los problemas del mundo no los hayan tocado.

La realidad usurpa un lugar especial en esa parte del cerebro donde uno concibe cómo son las cosas y de a poco va borrando la zona de cómo deben ser. Estaba pues, al calor de la chimenea cuando pensaba como la gente del primer mundo y yo tenemos una geografía muy distinta en esa última zona. Es algo que me ha venido haciendo eco desde hace un tiempo y que me tiene al borde de una crisis que ellos afrontan a diario como si fuera normal. Yo no, me enfermé. Y si no estaba enfermo mi cerebro hizo lo que pudo para convencerse de lo contrario. Tenía una ansiedad que me hacía comer rápido y tragar más aire, esos gases me estiraban la tripa y se acumulaban en mi hipocondrio izquierdo. Uno hace lo que sea para transformar en realidad las metáforas de vida: «me duele el corazón».

Cuerpo en pena, me movía torpemente en una ciudad que apenas deja ver el sol en el otoño. Lloraba a diario, pero de manera episódica. Como las ramas que se parten al calor del fuego. Sí, me rompía y dejaba escapar a un niño desesperado por volver al hogar. Un día lo dejé caminar por mi cuarto y sin saber qué hacer le di un esfero para que raye en mi cuaderno. Ese niño le escribió una carta a Dios:

Tú sabes que lo nuestro terminó pero en lo profundo de mi corazón siempre te seguiré queriendo. La forma en la que te preocupabas de mí todo el tiempo, los mensajes ocultos en los pequeños detalles de la vida, leer en el tintineo de las estrellas como un abrazo a mi espíritu. La sonrisa que me provocaste por hacerme sentir dentro de un propósito mayor. Lo extraño todo. Te extraño mucho. Me haces falta.

A veces nuestras raíces van más profundo de lo que uno espera.

 

 

Qué no dice la Cancillería sobre quitarle internet a Assange – Ecuador no pudo censurar a Wikileaks

El pasado 17 de octubre, Wikileaks señaló que un país había desconectado a Julian Assange, horas más tarde dijo que fue Ecuador y al rato la Cancillería lo confirmó en un escueto comunicado. Lo primero que hace el comunicado es aclarar que existen dos cosas. Julian Assange, el perseguido político y Wikileaks, la organización periodística. Hasta entonces todo estaba bien. Luego afirmó que:

  1. Las publicaciones de WIKILEAKS —no Assange— tenían impacto sobre las elecciones presidenciales en Estados Unidos.
  2. Ecuador respeta el principio de no intervención en las elecciones de otros países; por tanto
  3. Suspendió temporalmente el acceso a internet de JULIAN ASSANGE; y
  4. No hay censura porque WIKILEAKS puede seguir operando.

La pregunta obvia es:

¿Qué esperaba Ecuador que suceda cuando interrumpió la conexión a Internet de Julian Assange? Si seguimos la lógica de sus antecedentes y justificaciones, esperaban afirmar el principio de no intervención. Si uno vuelve al punto uno de este texto, se entiende que eso implicaba interrumpir las publicaciones de Wikileaks. Y la razón no sería otra que, obviamente, presión por parte de Estados Unidos. Es poco creíble que Ecuador haya tomado consciencia política sobre el impacto de las publicaciones de Wikileaks sólo en este momento cuando desde sus inicios la organización ha afirmado que parte de su poder está precisamente en cambiar resultados electorales.

Hay dos posibilidades, Ecuador pensaba que podía detener las publicaciones o, a sabiendas de que no, debía demostrar que, al menos, trató. Pensaría que, dada la naturaleza del comunicado, creían que se trataba de la primera opción. La segunda me parece menos probable por ser la menos beneficiosa para Estados Unidos que, al evidenciar censura al fundador de Wikileaks, lo único que ha obtenido es darle mayor atención a sus últimas publicaciones.

Nos queda por saber:

  • ¿Qué presiones está recibiendo el gobierno ecuatoriano para haber hecho tremendo papelón?
  • ¿Volverá a pasar?
  • ¿Cómo cambia esto la situación del asilado Julian Assange?

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ACTUALIZACIÓN (23/10/2016): Acá hay un muy buen reportaje de 4Pelagatos explicando el contexto de la desconexión. No me equivoqué.

 

No puedo cambiar el mundo, tú tampoco

Crecer en América Latina te marca. Sea porque, de pequeños, todos vamos a misa —o por estar rodeados de figuras políticas fuertes como protagonistas de la historia—, uno madura creyendo que ser héroe puede ser hasta profesión. Somos esas historias que nos cuentan de pequeños. A eso le restas las epifanías (trágicas o gloriosas) de la vida y tienes al adulto promedio. De ahí deriva que la mayoría de ecuatorianos creemos que hace falta la persona correcta en la presidencia. O que en la vida baste seguir el corazón sin importar dónde nos lleve. Nuestra mitología moderna, sea que decidas creer en el poder de la política, la tecnología, la ciencia o la oración, es que pequeñas acciones personales pueden cambiar el mundo.

Y no es una cuestión de nuestra región únicamente. El programa en el que estudio tiene de eslogan «become a global change maker», cambia al mundo. Una de mis compañeras me contaba una infidencia. El profesor estaba revisando las aplicaciones de los nuevos postulantes, muchos de ellos coqueteaban con esa idea. Él se burlaba. «¿Creen que porque eso está en la página web de verdad van a cambiar algo?». «No sea así», le respondió. «¿Ah sí, Zameena? ¿Cómo va el problema de la cafetera?» Pues nada, en el edificio donde estudiamos hay una cafetera aniñada y no quieren que la usemos. Porque el aseo, porque los implementos, porque no aportamos lo suficiente. La verdad es que compramos mucho café pero nos olvidamos de firmar, y la señora que se queja lo ha hecho desde el día uno.

En mi primera semana en el programa, dije que yo vine por esa visión que compartió John Robinson en su charla TED. «Que las universidades, por ser un sólo cuerpo, pueden tomar acciones y…» Fui interrumpido. Toda la primera fila —directivos y docentes— se reía. Menos mal me dieron una explicación: es imposible ponerse de acuerdo para gobernar la universidad. Al poco tiempo renunció el presidente de UBC y pasaron meses antes de que uno nuevo se instalara.

Yo mismo venía huyendo de Ecuador tras la fea experiencia de sentirme acosado por «radicalizarme». No se asusten, es sólo una palabra extrema. Lo que en realidad había hecho era divulgar información sobre vigilancia que era de dominio público. Tal vez tratando de aplicar en la vida real el concepto de mi cuento sobre el bullying (a la clase política) como un camino al desarrollo. Hubo gente que vio que estaba asustado y me ofreció ayuda pero la gran mayoría ¿y por qué sería diferente? no se enteró o tuvo un miedo tan paralizante como el mío. Y mientras más tiempo ha pasado (y menos calientes andan las pasiones y resentimientos) veo algo de forma más clara. «Cambiar el mundo» es el resultado de una tormenta perfecta. Sea que se refieran a hacerle frente al calentamiento global, al crimen privado, corporativo o estatal, a defender los derechos de la naturaleza; hay muchas cosas que deben suceder.

Cuando alguien quiere cambiar el mundo, al punto de pensar en volverse mártir (aunque sea de forma simbólica), usualmente piensa que existe una solución directa y evidente. «La gente tiene que dejar de usar petróleo», «no tienen que explotar el Yasuní», «hay que quitarles las armas a todos». Que en la mayoría de casos, es culpa de un grupo de poder interesado y de la ignorancia popular. No piensan que la gente es bruta, nada más entienden que no saben lo suficiente. Pero incluso en este escenario, las cosas son mucho más complicadas.

Si la gente no sabe ¿se le puede enseñar?
Se se le enseña ¿le importará?
Si le importa ¿hará algo al respecto?
Si hace algo ¿tendrá un efecto en el grupo que ostenta el poder?
Si el grupo de poder es afectado ¿realmente son ellos quienes toman la decisión final? ¿existe una alternativa viable?
Si existe una alternativa viable ¿es el momento adecuado?

Y con esto último me refiero a que los políticos también tienen su propia trama. Ellos también tienen que conseguir recursos y hacer lobby con gente más poderosa que ellos. Un sistema democrático legítimo puede poner en riesgo los puestos de la clase política pero jamás podrá superar las ofertas millonarias de un grupo de poder que no es elegido de forma popular. Uno puede reunir gente y hacer bulla pero es mucho más difícil reunir plata y comprar consciencias (en el buen sentido de la palabra, si es que eso es posible).

Ante esto hacen falta acciones concertadas:

Si la gente no sabe: educar siempre
Para que le importe: escuchar la voz de todos
Para que actúe: empoderar a las acciones ciudadanas
Para que el poder reaccione: que haya una justicia independiente
Para que sean los elegidos quienes respondan: que haya transparencia
Para que las alternativas funcionen: que haya investigación continua
Para que sea el momento adecuado: estar listo siempre, toda la vida

Sin embargo, ese no es el fin del problema, sino todo lo contrario. Cuando la cúpula de Alianza País —el partido de gobierno en mi Ecuador— se reúne, sabe que están quitando a unos y dando a otros. Muchos están convencidos de estar cambiando el país, de estar haciendo justicia, de que son mejor a cualquier alternativa. No estarán de acuerdo en todo pero habrá tres cosas que les convenza de que están haciendo «algo» bien, y eso les basta. Saben que no pueden tener todo. Las utopías no siempre convergen, y si todo el mundo sigue su corazón, y lucha, tendremos exactamente el mismo embrollo.

Con mucho trabajo, sin héroes, sin soluciones simples, sin garantías. Con diálogo entre sueños opuestos, con concesiones. Negociando lo que dice el corazón.No es algo que se pueda hacer sólo y, si pudieras, ¿lo harías? Quisiera decirles que yo sí, pero mentiría. Me gustaría participar ocasionalmente para que podamos tener algo parecido a eso, pero no toda una vida. Aunque sea tarde, me doy cuenta que me inclino más por poner mi granito de arena en esa suma que nos hace humanos. En las narrativas colectivas que compartimos y en las epifanías que nos agregan o restan valor.

No quiero cambiar el mundo primordialmente porque ya no lo siento mío. Es de quien cuente la mejor historia sobre el significado de la existencia. En un espacio donde todos aprendemos una diferente, donde cada persona evoluciona en forma distinta y, aún más importante, no tiene otra salida. En ese mundo, hay dos cosas importantes: contar esas historias y escucharlas.

Coaching: ¡Aprenda a ser tímido!

Boca enorme, labios demacrados y un bigote sin afeitar. No soy yo, es mi interlocutor. Hablando alegremente, el facilitador tres sitúa su nariz a la altura de mi frente. Está tan cerca que puedo distinguir claramente el sarro entre los dientes y su encía, oler el vaho que emana y se adhiere, similar al hollín de una cocina de carbón. No sé de qué habla, las glándulas salivales disparan chorros de baba cada cierto tiempo y temo no poder cerrar los ojos a tiempo. Instintivamente subo mi mano para cubrirme el rostro pero el facilitador dos me detiene con un gesto firme. Está sentado a mi derecha escrutando cada uno de mis gestos. Sabe que mi sonrisa es aparente, se distingue claramente la ausencia de pliegues en la comisura de mis ojos. Trato de tranquilizarme y asumir una actitud relajada en esta posición forzosamente incómoda. Me obligo a escuchar.

«…era necesario descuartizar a los cachorros antes de incinerarlos, claro para entonces ya los habíamos sedado pero…»

¿Qué mierda hacía sonriendo? Debo ser el hazmerreír de toda esta gente. Me sorprendo a mí mismo reflexionando en lugar de enfocarme en el ejercicio. Ser extrovertido, ser normal, ser yo. Decido contarle que también hago coaching. «Sabes de todas las experiencias se puede aprender algo». Parece que va bien, el tipo se ha callado. «Yo mismo tuve que sacrificar a una de mis mascotas y fue una de las cosas más difíciles que he tenido que hacer». El tipo frunce el ceño, baja la quijada y me mira fijamente mientras gira su cabeza para colocar a su ojo derecho exactamente en el centro de la escena. Se ve enojado. «El sufrimiento, el enojo —improviso— son todos caminos de crecimiento». De repente tres me toma la mano. Casi la alejo pero decido confirmar mis acciones en la mirada de dos. Éste alza las cejas con una mueca de picardía. «Es por eso que tome este curso, porque…» tres empieza a lamerse el dedo pulgar. Busco, por primera vez, a uno, que me mira inmóvil detrás de la puerta de vidrio, el único espacio que interrumpe las paredes de la habitación. Veo el pulgar lubricado acercarse lentamente y grito ¡PECHÁN!

«Pechán» era mi apodo en la secundaria, al inicio del curso nos piden identificar una palabra que nos resulte especialmente molesta. Y claro, así me decían en la escuela, por gordo y enano. Antes de entrar al taller me informan que esta va a ser mi «safeword», la palabra de seguridad. Si ya no soporto el ejercicio, debo decir mi safeword y todo se acabará.

El lugar en donde estamos se especializa en enseñar empatía hacia la gente tímida y, para ello, generan situaciones que a uno le hacen entender lo que es fastidiarse por mucha presión social. Las personas tímidas requieren más espacio personal, así que reducen el nuestro. Es como estar en el bar de la prisión donde todos están embriagados menos tú. Todos los facilitadores son grandes, feos y fuertes. Los temas de conversación son incómodos, algo que sólo un sociópata podría disfrutar. En cierto modo, es una especie de casting perverso para jugar el rol de víctima en una película de Kubrick. ¡PECHÁN!

Uno me mira con disgusto. Abre la puerta de vidrio. Mira a los facilitadores: «yeye kuishia mwaka», se da media vuelta y se va. La puerta empieza a cerrarse y yo corro a atraparla. Dos y a tres se ríen a carcajadas y un ruido estridente me hace detenerme. Es la banca que volqué por apurado, en esos tres segundos la puerta se vuelve a cerrar. Ellos vuelven a reír ya más pausadamente. «Na kuja», me dice tres mientras se limpia el dedo con una servilleta. Dos extiende su mano con la palma abierta relajadamente «Kukaa». Me quedo inmóvil. «Kukaa!» repite y empuja la silla hacía mí. Me sirven cerveza y empiezan a hablar entre ellos en un idioma que no puedo entender.

Hay un martillo a lado derecho de la puerta, bajo un letrero que dice «rompa en caso de emergencia». Lo haría, pero el tono de los facilitadores es totalmente distinto ahora. Mantienen una distancia apropiada y tienen gestos agradables. Me brindan más trago y asumo que debo esperar. «¿Por qué no hablan español?» «kazi» «¿casi?» «Ja ja ja ja ja» «¿qué? no entiendo» «mtu maskini». Siguen hablando en ese idioma raro, intento conversar en español, pero es inútil. Pareciera que me hacen preguntas y ambos esperan en silencio por mi respuesta. «Qué», «no entiendo», «bueno», «ya», «ya», «¡YA!».  Sólo hay una respuesta aceptable en estas circunstancias. Que vergüenza, que cansancio, que fastidio. «Pechán».

«Lo siento amigo», me dice tres mientras dos me da una palmada en el hombro. Me quedo inmóvil en la silla, mirando al suelo. Entra cero por la puerta y me recuerda, en una sesión corta, que todo es parte de un ejercicio, que el primer día terminó, que apenas son las doce. Los talleres se extienden por toda la semana y quiere confirmar mi asistencia en los días posteriores. Para él es sólo un trámite, esto se paga por adelantado. Su rostro, el único pequeño e inofensivo como el mío, busca mi mirada hasta que alcanzo a despertar. Asiente en un gesto de aprobación, y respondo como un espejo. Así somos los humanos. Ya dije que sí, ahora me tengo que ir.

Recojo mis cacharros. Tengo seis mensajes sin contestar en mi buzón de voz. Veinte notificaciones de whatsapp. Salgo despacio a un lugar mucho más bullicioso y brillante. Me espera el almuerzo con un colega. Tengo que entretenerlo por una hora, quizás cerrar un trato. La mesa es, desafortunadamente, similar a la del taller. Al menos pidió vino y no chelas. Sus ganas de estar en la conversación son inversamente proporcionales a las mías. También puedo ver su sarro. Antes sencillamente lo hubiera ignorado pero, ahora mismo, me es imposible. Doy respuestas evasivas, sonrisas sin arrugas en los ojos, solo quiero ver el tiempo pasar. Le dejo para tomar un taxi a mi clase de coaching.

Tres de la tarde, todos están sentados en un círculo. Es la primera sesión. Veo gente intrépida con mucho dinero y la típica persona que vino por invitación. Le debo decir lo maravilloso que es compartir sus sueños y metas, hacer un collage con fotos de revistas de papel couché. Que se abra, que no tenga miedo, que aquí puede confiar en nosotros, en «todos y todas». Pero lo único que atino a decir, tras estar en silencio por pocos minutos —doscientes segundos que parecieron eternos— es… pechán (en mi cabeza, y dejo al silencio continuar).