Por qué hay que hablar [libremente] del volcán Cotopaxi

Artículo original publicado el 17 de agosto en Gkillcity.com

Para conocer sobre el estado del volcán Cotopaxi —dicen las autoridades gubernamentales ecuatorianas— hay que preguntarle a César Navas, el ministro coordinador de seguridad. Y a nadie más. No es seguro que él responda porque la información la dará únicamente “cuando se amerite” y solo mediante canales oficiales. La decisión se tomó después de que la mañana del viernes 14 de agosto de 2015, el Cotopaxi presentase una fuerte explosión después de trece años de inactividad: en el 2002 se reactivó y hubo fumarolas. Para asegurarse de que se cumpla con la disposición de no hablar del #VolcánCotopaxi, el presidente Rafael Correa firmó en Pimampiro —en la provincia de Imbabura, en la Sierra central— el decreto 755, con el que queda “prohibida la difusión de información no autorizada [respecto al proceso eruptivo] por cualquier medio de comunicación social, ya sea público o privado, o ya sea por redes sociales”.

Entonces, avisarle a tu familia y amigos que estás bien mediante el safety check de Facebook no está permitido, y tuitear información en tiempo real sobre un avistamiento cerca de tu área o la de algún conocido, tampoco. Esta prohibición revela que el gobierno no entiende la utilidad de las redes sociales en catástrofes.

La razón del gobierno para controlar la información es simple: en situaciones de alto riesgo, los rumores pueden causar gran conmoción y mover voluntad y recursos en falso. Por eso han establecido quién, cuándo y cómo: César Navas, cuando sea oportuno, canales oficiales del Ministerio de Seguridad. El problema es que el gobierno se equivoca cuando piensa que la realidad se crea a pluma. Ya cometió este error cuando negó el contrato de SENAIN con la empresa espía Hacking Team y cuando cambió arbitrariamente los mapas de los pueblos en aislamiento voluntario en la Amazonía. Con este decreto, los ciudadanos tenemos tres opciones: la obediencia —no decir nada sobre el volcán así estemos observando en vivo la erupción—, la evasión —como sucede en twitter donde ya han surgido tres nombres clave para el Cotopaxi y una serie de códigos para monitorizar su actividad—, y el desacato —sea por rebeldía o por desconocimientos de la disposición—. Ni en las dictaduras de Medio Oriente, donde no existe un control democrático del ejercicio de poder, las redes sociales se han podido controlar. Es ingenuo pensar que se logre en Ecuador.

Imaginemos por un momento que la Superintendencia de Comunicaciones lo intentara. Para eso, debería montar un centro de seguimiento de todas las cuentas públicas que han registrado su ubicación en redes sociales y que están circunscritas al territorio de Ecuador. También podría usar las bases de datos del Ministerio del Interior y buscar mediante un script —un programa informático simple— a todos los perfiles asociados a un número de teléfono celular. En las publicaciones de esas personas que identifique, mediante alguna herramienta de análisis de redes como Social Mention o Keyhole, buscaría palabras clave asociadas a la actividad volcánica: “Cotopaxi”, “lava”, “desastre”, “lahares” y con esa información podrían iniciar el proceso administrativo o legal para que los desobedientes dejen de publicar.

Pero, ¿qué tal si dan con un nombre que no es real? Seguramente iniciaría el juego del gato y el ratón que tardaría meses en resolverse. No es una estrategia muy inteligente. Si el gobierno se va a tomar la molestia de monitorear todo lo que Ecuador dice sobre el volcán ¿por qué no mejor hacerlo para algo más productivo como mejorar el sistema de alerta y respuesta ante emergencias? El 69% de la población estadounidense espera que las autoridades de emergencias monitoreen y reaccionen a sus publicaciones en redes sociales, según un estudio de la Cruz Roja de ese país. El gobierno ecuatoriano debería considerar que el seguimiento de datos de redes sociales en tiempo real aumenta la velocidad y la eficiencia de reacción ante desastres. Internet fue diseñado para resistir un ataque nuclear, entonces debería ser comprensible que si otros medios de comunicación fallan, las redes se conviertan en el canal óptimo para que las víctimas pidan socorro o las brigadas de auxilio coordinen sus actividades. Esto sucede en otros países y es muy efectivo.

En enero de 2010, hubo un terremoto de magnitud 7,0 en una de las zonas más pobres de nuestro continente. Haití fue golpeado con la fuerza equivalente a la explosión de doscientas mil toneladas de dinamita. Fue el sismo más grande registrado en doscientos años en ese país. Las líneas telefónicas colapsaron y Twitter, Facebook y Youtube fueron fundamentales para afrontar la crisis. Los tuits que se enviaron ese día ayudaron a los voluntarios de Open Street Map —un software colaborativo para construir mapas en línea— a documentar la catástrofe, a guardar y publicar datos sobre personas desaparecidas, y a concentrar las actividades de ayuda en las áreas más gravemente afectadas. Las personas también transformaron mensajes de texto en tuits con ubicación geográfica precisa para ayudar a quienes no tenían acceso a la red. Esta experiencia se replicó en los desastres de Fukushima y Nepal. Facebook, a través de varios juegos en línea, aceleró la recolección de donaciones. La visibilidad de las publicaciones de Internet también permitió que las personas se solidaricen con la situación de los haitianos, y esto produjo una respuesta internacional positiva a esa crisis local. Eso no hubiera sido posible hace cien años, sin Internet.

Entender cómo se transmite la información y cómo se construye la confianza entre los diferentes actores, permite a los profesionales utilizar con eficacia las redes para difundir mensajes útiles y controlar rumores, dice el Consejo Nacional de Investigación de Estados Unidos. Luego de la explosión del Cotopaxi, Daniel Orellana, PhD en geoinformación y parte del equipo de voluntarios que mapearon Nepal, tuiteó que el mapeo colaborativo en situaciones de emergencia se coordina con las instituciones locales responsables para establecer prioridades y que además “se crean mecanismos para curar, revisar y verificar la información. Esto permite manejar de forma efectiva los rumores falsos”. Censurar las redes sociales no es práctico y es un error. La erupción de un volcán no es algo que se pueda controlar de la misma manera que una manifestación que no se quiere escuchar. Negarle a los ciudadanos mecanismos que incrementan la eficiencia de respuesta ante un desastre es una negligencia porque se comprometen vidas humanas que no se pueden recuperar.

Chapo

Quizá uno de los placeres más baratos de la vida —como son casi todos los de la infancia— es el chapo. Para quienes me leen desde otras tierras, les cuento que el chapo consiste en una masa de consistencia similar a la del pan (antes de hornearla) pero de un sabor dulce que se encuentra en algún lugar entre la cebada y el chocolate. Me puse a escribir un artículo en Wikipedia sobre el tema, porque las futuras generaciones no pueden quedarse sin chapo. Esperemos que un poquito más de tiempo y paciencia, me permitan insertar referencias, fotos y diferentes tipos de preparación.

La base del chapo es la máchica. La cual es una harina hecha con cebada tostada y molida. En Zumbahua, zona rural de la provincia de Cotopaxi en Ecuador, hay muchos indígenas. Yo los conocí cuando atendía pacientes enfermos crónicos —viejitos que vivían con sus animales y, a veces, con su pareja— y niños desnutridos. Varía, pero por regla general las casas son bastante modestas y pequeñas. Casi todas estas casas tostaban cebada usando leña y después, haciendo uso de un cuenco de piedra y, bueno, otra piedra, molían la cebada tostada para crear lo que en Ecuador conocemos como máchica.

En Quito, nos llegaba ya fría y empaquetada en funda, pero todavía la teníamos que cernir, entonces extendíamos dos ejemplares de El Comercio en la mesa y empezábamos a pasar la máchica por un cernidor bastante amplio de borde de madera —que tenía el tamaño de una pandereta—, botábamos el afrecho y nos quedábamos con una máchica bastante fina. Mientras yo cernía la máchica, mi mamá calentaba el chocholate en leche y lo batía con un molinillo de madera. Me tocaba reemplazarle porque nosotros mezclabamos el chocolate con queso mozarella. Antes de que hierva el chocolate —o la leche para mezclar con nesquik cuando no había chocolate— cortaba la Nancy los quesos en tiras de cinco por medio centrímetros y las colocaba al fondo de cada taza.

Entonces le caía el cholocate hirviendo y esperábamos un rato para que el queso hiciera vetas, enseguida unas dos o tres cucharaditas de máchica y a mezclar se ha dicho. Hay que tener cuidado porque si uno mezcla muy pronto o muy tarde, el queso no hace vetas en el chapo, que es precisamente lo más rico. También se debe tener buen ojo para poner la cantidad adecuada de máchica. He escuchado que en la mayoría de casas no le ponen queso y para mí eso es inconcebible, pero en todo caso facilita la tarea de encontrar el equilibrio entre el líquido hirviente y la máchica. Como ya les dije, a veces se usa leche y chocolate en polvo, en otras casas le ponen panela y no azúcar y en Zumbahua, casi siempre es agua o leche con panela.

Ya conversé con mi mamá y, la próxima vez que hagamos chapo, vamos a tomarle fotos al proceso para subirlo todo a Wikipedia —con una licencia libre de creative commons— para que todo el mundo, literalmente, pueda ver. Ojalá comenten en este artículo con sus propias recetas, variantes o referencias para mejorar el artículo de Wikipedia.

¡Larga vida al chapo!

¿Cómo nacen las ninfómanas y los homosexuales?

Créanlo o no, empecé a escribir por andar leyendo sobre ninfomaníacas, las mujeres que tienen mucho sexo y, parece ser, poco placer derivado de ello. Es peor que no disfrutarlo, les entorpece la vida. A los hombres no nos detectan ese tipo de enfermedades porque hombres. Pero no es del machismo que quiero escribir sino de la predisposición y conducta sexual. Al final del artículo, se lee: “algunas teorías señalan que las mujeres que en algún momento de su vida sufrieron una violación tienen mayores probabilidades de (…)”. Aunque usualmente esa sagacidad de la cultura pop nos meta en problemas, hoy la voy a replicar, voy a hacer un poco de pseudociencia —modestia aparte, siempre he pensado que sería bueno para eso—. Esta es mi “teoría”:

Hay una diferencia fundamental entres los humanos y el resto de seres vivos, y es el desarrollo del cerebro. Virtualmente todos los mamíferos maduran completamente dentro del útero. Al poco tiempo de paridos, tienen los ojos bien abiertos y están listos para aprender a caminar. Mientras menos preparados los animales nazcan, parecen hacerse —con el tiempo— más inteligentes. Los mamíferos que nos han domesticado (gatos y perros), nacen con los ojitos pegados —hay que decirlo en diminutivo porque su ternura es otra ventaja evolutiva cuando se convive con humanos—, pero en un mes o dos están listos para declararse en rebeldía y buscarse el alimento sólos. Los humanos, en cambio, somos cabezones. Nuestra mamá nos pare cuando estamos en un estado muy precario y, al día de hoy, no se sabe exactamente cuando uno es lo suficientemente independiente para que no le joda la vida —hay personas con doctorado a quienes les dicen que no están “calificados”—.

El desarrollo anatómico del cerebro humano se completa recién a los dos años y el fisiológico —las conexiones entre axones y dendritas de las neuronas— a los veinticuatro. Eso quiere decir que mucho de nuestro identidad se construye a lo largo del tiempo, especialmente lo relacionado al aspecto social. Así aprendemos que “puerta” es una cosa rectangular que se interpone entre dos espacios, que se escribe P-U-E-R-T-A, y como suena cada una de esas letras. El sonido y la letra van juntos. La palabra y el objeto van juntos. Y así, parece ser, es como funciona nuestro cerebro (si alguien quiere leer más sobre el tema le recomiendo Cómo crear una mente de Raymond Kurzweil).

Mi hipótesis es que las primeras experiencias sexuales determinan nuestras preferencias para el resto de nuestra vida. El artículo de SOHO que mencioné al inicio del texto, dice que las niñas violadas se vuelven ninfomaníacas “debido a que tratan de recuperar el poder de su sexualidad con sexo”, yo lo niego. Mi hipótesis es que, al igual que aprendemos a asociar caracteres y fonemas, hay sinapsis en el cerebro de esas niñas que relacionan al sexo con un acto no placentero, en algunos casos eso puede desviar en frigidez, pero en niñas donde esa era la única forma de tacto y afecto, se puede transformar en una perturbadora adicción.

De la misma manera, el entorno que uno tiene cuando explotan las hormonas, influye mucho en las preferencias que se desarrollen posteriormente. Si juntas a niños del mismo sexo de seis a ocho horas al día y, el resto del tiempo, no les permites socializar con otras personas de su edad, seguramente varios de ellos empezarán “probando” cerca. Aunque resulte un poco perturbador, en mi colegio —únicamente de varones— era común ver a los adolescentes realizar juegos sexuales en los recreos… Sí, entre ellos. Cosas desde oprimir los genitales contra las nalgas de los compañeros hasta huidas grupales al baño de las cuales no puedo —y es que esto me lo contaban— dar testimonio directo. Ahí había menos ropa aunque, parece, también menos contacto. Tres de mis compañeros de la última clase son abiertamente homosexuales y, claro, ellos saben mejor que yo si lo que digo tiene algo de sentido y sabrán desmentir todo esto a tiempo. El debate está abierto.

Que quede claro que ser homosexual no es nada raro, y parece que cada vez más nos acostumbramos a ellos. Anteayer me encontraba yo en el parque Gabriela Mistral y me alegró ver una pareja del mismo sexo a quien ya nadie le jodía por mostrarse como son en público. Que fastidio cuando te joden por mostrarte tal cual eres en público, eso no es exclusivo de ser homosexual y seguramente también lo puedes entender: “Párate derecho”, “no mastiques chicle”, “salude”. Estorbo, desdén y fastidio.

Estudiar en escuelas con niños —sí, hombres— del mismo sexo,  si puede generar problemas. Un estudio de 17000 personas determinó que en esos casos tendrás más probabilidades de estar divorciado a la edad de cuarenta años, seguramente es más difícil asociar la infancia (su tranquilidad y alegría) con mujeres. Extrañamente, esto no sucede con las mujeres a quienes les va mejor. En una sociedad machista, es fácil para ellas aprender a convivir y lidiar con el otro sexo mientras que, un colegio de este tipo, les provee un entorno protegido donde incluso tienen mejor rendimiento y desarrollan mayores destrezas de socialización. Los hombres, en cambio, no pueden aprender fácilmente del sexo femenino y se encuentran con dificultades cuando ya les toca convivir.

La realidad:

Sólo 21 hombres y 22 mujeres reportaron vivir con parejas del mismo sexo a los 42 años, esto se puede dar porque los nacidos en 1958, tenían una estructura social muy rígida que no les permitió explorar libremente su sexualidad; o tal vez los colegios de un sólo sexo realmente no tienen ninguna incidencia en el desarrollo de una vida homosexual. Tal vez la ninfomanía ni siquiera sea una enfermedad y lo debemos recordar, puesto que en 1980 se removió del manual de desórdenes mentales, junto con el sexo oral, el onanismo y la homosexualidad —la única enfermedad que se mantiene es la de no disfrutar del sexo.

Jane Ussher, profesora de Psicología de la Salud de la Mujer, en el Centro de Investigación en Salud de la Universidad de Western Sydney, concluye que “la ninfomanía, como la belleza, está en el ojo del espectador. Una mujer sólo ser catalogada como sedienta de demasiado sexo si su pareja no puede satisfacerla”. A los hombres les gusta fantasear con ninfómanas —dice la psicóloga—, a menos que les toque dormir con ellas. Algo parecido a los hombres que —según estudios— se portan agresivos con los homosexuales, pero  frente a un video de hombres apareándose, no pueden mantener quieto al amigo dentro de su pantalón.

 

Secreto de Estado

Finalmente, el Secretario Nacional de Inteligencia, Rommy Vallejo, compareció ante la comisión de Soberanía, Integración, Relaciones Internacionales y Seguridad Integral de la Asamblea Nacional del Ecuador. Hace dos semanas, cuando el titular de la SENAIN se excusara “motivadamente” de hacerlo, todo el mundo seguía cabreado por el escándalo sobre Hacking Team. La agencia de seguridad local fue tendencia en twitter por varios días y hasta se tuvo que pronunciar el presidente para defender a la institución que nació bajo su mandato, en el 2009. Hoy, en cambio, todos los medios le tomaron su mejor foto a Rommy, sacaron el titular respectivo, pero poco o nada se habló en redes sociales sobre el tema —y pensar que sólo el día de ayer Ecuador Transparente denunció, documentos en mano, que “SENAIN llevó a cabo espionaje sistemático a políticos y activistas“.

Otro agravante a la apatía de la gente es el desdén a la transparencia y fiscalización que debe tener el Estado. Escudándose en la Ley de Seguridad, Vallejo llegó a la Comisión sin dar la cara a periodista alguno, les cerró la puerta e inició una comparecencia reservada. No importa cuántas preguntas le hagan, él puede decidir no responder y si lo hace, lo que ahí se diga no se puede difundir. ¿Qué garantías tenemos los ciudadano de que, incluso en esas condiciones, el comportamiento deshonesto de otras agencias de inteligencia frente a los cuestionamientos de la autoridad no se vuelve a repetir? La respuesta es simple: pocas o ninguna.

Asumamos por un momento que el material publicado por Ecuador Transparente es verdadero. En este caso, estaríamos haciendo frente a dos delitos. El primero, habría sido cometido por la SENAIN al espiar a ciudadanos con motivos puramente políticos. El segundo, es el delito de publicar información “de circulación restringida”, que según el Código Penal se castiga con mínimo un año de cárcel —en Ecuador, también nos hace faltan medidas legales para la protección de denunciantes o, como se les dice en inglés, whistleblowers.

A las agencias de seguridad siempre se les va a filtrar información, y la razón es simple, la entropía les juega en contra. Su tarea consiste en construir un muro perfecto, impenetrable, perecedero y que esté al día para combatir los mejores ataques de donde quiera que vengan. Los hackers e informantes internos, en cambio, sólo deben encontrar un único fallo en el sistema a través del tiempo. Por eso, parece que en todo el mundo se siguiera una misma receta en lo que respecta al manejo de información clasificada como “reservada” o “secreta” por las agencias de inteligencia.

Si la SENAIN llegara a demandar a Ecuador Transparente o a Wikileaks por publicar información de carácter secreto, la ecuación es simple: la documentación es verdadera, ergo el espionaje fue cierto; es por esto que en otros países del primer mundo, donde la corrupción también avanza más rápido, se han inventado algo para perseguir denunciantes sin afrontar el costo legal o político de haber transgredido los derechos ciudadanos: cortes secretas.

En Estados Unidos, eran cortes secretas las que debían controlar las actividades de la Agencia Nacional de Seguridad, pero nunca lo hicieron —en 35 años sólo rechazaron 11 de las 34000 solicitudes de espionaje—. Fueron cortes secretas las que llamaban a las empresas de telecomunicaciones como Lavabit para solicitar sigilosamente las claves de sus clientes. En palabras de Edward Snowden: “son jueces secretos, en cortes secretas, haciendo interpretaciones secretas de la ley”. La forma perfecta de enjuiciar a los denunciantes de algún secreto de Estado, sin revelar que se ha violado la ley, es esta.

No quiero ser agorero del desastre, pero el secretismo parece ser el juego al que nos quieren someter y si no se toman medidas adecuadas a tiempo, si no se separa a la justicia del otro poder, si no aseguramos mecanismos de transparencia adecuados y dejamos que los mecanismos de fiscalización se conviertan en el maquillaje de un sistema de inteligencia que no parece estar ceñido a la ley, seguramente pronto nos llamarán a una corte sin que podamos decirle a nadie y sin ley que nos pueda defender.

El cáncer institucional

Después del feriado bancario, mi familia emprendió. En esa época no se trataba de formar un start-up, ir a una incubadora o buscar inversionistas ángeles, era cuestión de llevar la comida a la olla. En la mesa del comedor, cortamos papel cometa para hacer piñatas y ollas encantadas, fabricamos troqueles para vender invitaciones de cumpleaños, pegamos las lengüetas de las cajas donde entran los medicamentos, pintamos cajas de balsa, hicimos chocolates, vendimos teléfonos antiguos que mi primo adaptaba de unos cuantos que todavía funcionaban con disco. Sobrevivimos, al final del día, gracias a una micro-empresa de productos para transporte de vacunas. Esa es mi experiencia trabajando en el sector privado, la empresa familiar.

Con esfuerzo de mis padres, y gracias a una beca de la universidad, pude acabar mi carrera de médico y empezar a trabajar. El último año de medicina —el internado— te lo pasas metido en un hospital, rotas entre médico, secretario y enfermero. Lo que haga falta. Tienes un sueldo modesto y, como pasante, recibes también las últimas lecciones y pruebas antes de ir sólo al año de rural. Dos de los doce meses de internado, sales del hospital asignado y haces una “prerrural”, haces de interno en alguna zona remota del país, a mí me tocó —gracias a un convenio que mantiene con mi universidad— el Hospital Claudio Benati, en Zumbahua un poco más allá de Pujilí. Esos dos meses fueron un paréntesis en la vida de médico porque, durante ese poco tiempo, sentí lo que era trabajar en el sector privado.

Cuando uno está en el hospital público o en el centro de salud, le dice a la gente qué tiene y cómo hacer para seguir con su diagnóstico o tratamiento, uno les da información y el sistema de salud se encarga de proveer medicamentos y exámenes. Sé que a veces hay escasez, pero en mi experiencia, siempre se pudo abastecer. Zumbahua era diferente porque el ciclo se rompía en los bolsillos del paciente. Una paciente recorrió setenta y cinco kilómetros desde La Maná, para contarnos desesperada sobre lo que resultó ser una infección renal, ella ya no podía con el dolor. Le receté algo para el dolor y un antibiótico porque, de no tratarse, ese cuadro se podía complicar. Y eso fue todo, sólo tenía para regresar.

El corazón todavía se me encoge cuando pienso en ella, en la madre que “abandonó” por unos días a su hijo en el hospital —porque sino ¿quién iba a cuidar de los otros seis que tenía en casa?—, en los ancianos que se veían abandonados por sus hijos y a los niños que visitábamos porque su desnutrición no les permitía progresar. Los cuadros de tuberculosis, el cáncer infantil que se llevó a mi paciente Carlita, y mil cosas más… El sistema público de salud está para toda esa gente que no puede, así quiera, tener atención de calidad.

Pero un cáncer se apropia lentamente de este y otros tantos servicios públicos, es el cáncer institucional. Es esa creencia de que sólo quien piensa igual puede ser parte del sistema que brinda gratuitamente salud a la sociedad. Este cáncer busca suprimir la actitud beligerante y cuestionadora que es un elemento fundamental de la evolución social: “el servidor público que no está de acuerdo con este gobierno, que renuncie”, ellos le llaman coherencia, nosotros los médicos tenemos otra palabra para eso: negligencia.

Bajo ese pretexto de “lealtad institucional” se esconde una actitud irresponsable, la que dice que el jefe de piso no se puede equivocar, que nos impide mostrarle exámenes que contradigan su diagnóstico o evidencia actualizada que refute el tratamiento que prescribe. Si no te gusta todo lo que dice el jefe, te me vas. Ese juego del todo o nada, que simplemente riñe con la realidad. Pedir a los servidores públicos que renuncien, como si trabajar para la gente fuera una gracia que nos da el Estado —y no su propia necesidad— es brutal.

Gracias Denisse, gracias por no renunciar.