Secreto de Estado

Finalmente, el Secretario Nacional de Inteligencia, Rommy Vallejo, compareció ante la comisión de Soberanía, Integración, Relaciones Internacionales y Seguridad Integral de la Asamblea Nacional del Ecuador. Hace dos semanas, cuando el titular de la SENAIN se excusara «motivadamente» de hacerlo, todo el mundo seguía cabreado por el escándalo sobre Hacking Team. La agencia de seguridad local fue tendencia en twitter por varios días y hasta se tuvo que pronunciar el presidente para defender a la institución que nació bajo su mandato, en el 2009. Hoy, en cambio, todos los medios le tomaron su mejor foto a Rommy, sacaron el titular respectivo, pero poco o nada se habló en redes sociales sobre el tema —y pensar que sólo el día de ayer Ecuador Transparente denunció, documentos en mano, que «SENAIN llevó a cabo espionaje sistemático a políticos y activistas«.

Otro agravante a la apatía de la gente es el desdén a la transparencia y fiscalización que debe tener el Estado. Escudándose en la Ley de Seguridad, Vallejo llegó a la Comisión sin dar la cara a periodista alguno, les cerró la puerta e inició una comparecencia reservada. No importa cuántas preguntas le hagan, él puede decidir no responder y si lo hace, lo que ahí se diga no se puede difundir. ¿Qué garantías tenemos los ciudadano de que, incluso en esas condiciones, el comportamiento deshonesto de otras agencias de inteligencia frente a los cuestionamientos de la autoridad no se vuelve a repetir? La respuesta es simple: pocas o ninguna.

Asumamos por un momento que el material publicado por Ecuador Transparente es verdadero. En este caso, estaríamos haciendo frente a dos delitos. El primero, habría sido cometido por la SENAIN al espiar a ciudadanos con motivos puramente políticos. El segundo, es el delito de publicar información «de circulación restringida», que según el Código Penal se castiga con mínimo un año de cárcel —en Ecuador, también nos hace faltan medidas legales para la protección de denunciantes o, como se les dice en inglés, whistleblowers.

A las agencias de seguridad siempre se les va a filtrar información, y la razón es simple, la entropía les juega en contra. Su tarea consiste en construir un muro perfecto, impenetrable, perecedero y que esté al día para combatir los mejores ataques de donde quiera que vengan. Los hackers e informantes internos, en cambio, sólo deben encontrar un único fallo en el sistema a través del tiempo. Por eso, parece que en todo el mundo se siguiera una misma receta en lo que respecta al manejo de información clasificada como «reservada» o «secreta» por las agencias de inteligencia.

Si la SENAIN llegara a demandar a Ecuador Transparente o a Wikileaks por publicar información de carácter secreto, la ecuación es simple: la documentación es verdadera, ergo el espionaje fue cierto; es por esto que en otros países del primer mundo, donde la corrupción también avanza más rápido, se han inventado algo para perseguir denunciantes sin afrontar el costo legal o político de haber transgredido los derechos ciudadanos: cortes secretas.

En Estados Unidos, eran cortes secretas las que debían controlar las actividades de la Agencia Nacional de Seguridad, pero nunca lo hicieron —en 35 años sólo rechazaron 11 de las 34000 solicitudes de espionaje—. Fueron cortes secretas las que llamaban a las empresas de telecomunicaciones como Lavabit para solicitar sigilosamente las claves de sus clientes. En palabras de Edward Snowden: «son jueces secretos, en cortes secretas, haciendo interpretaciones secretas de la ley». La forma perfecta de enjuiciar a los denunciantes de algún secreto de Estado, sin revelar que se ha violado la ley, es esta.

No quiero ser agorero del desastre, pero el secretismo parece ser el juego al que nos quieren someter y si no se toman medidas adecuadas a tiempo, si no se separa a la justicia del otro poder, si no aseguramos mecanismos de transparencia adecuados y dejamos que los mecanismos de fiscalización se conviertan en el maquillaje de un sistema de inteligencia que no parece estar ceñido a la ley, seguramente pronto nos llamarán a una corte sin que podamos decirle a nadie y sin ley que nos pueda defender.

El cáncer institucional

Después del feriado bancario, mi familia emprendió. En esa época no se trataba de formar un start-up, ir a una incubadora o buscar inversionistas ángeles, era cuestión de llevar la comida a la olla. En la mesa del comedor, cortamos papel cometa para hacer piñatas y ollas encantadas, fabricamos troqueles para vender invitaciones de cumpleaños, pegamos las lengüetas de las cajas donde entran los medicamentos, pintamos cajas de balsa, hicimos chocolates, vendimos teléfonos antiguos que mi primo adaptaba de unos cuantos que todavía funcionaban con disco. Sobrevivimos, al final del día, gracias a una micro-empresa de productos para transporte de vacunas. Esa es mi experiencia trabajando en el sector privado, la empresa familiar.

Con esfuerzo de mis padres, y gracias a una beca de la universidad, pude acabar mi carrera de médico y empezar a trabajar. El último año de medicina —el internado— te lo pasas metido en un hospital, rotas entre médico, secretario y enfermero. Lo que haga falta. Tienes un sueldo modesto y, como pasante, recibes también las últimas lecciones y pruebas antes de ir sólo al año de rural. Dos de los doce meses de internado, sales del hospital asignado y haces una «prerrural», haces de interno en alguna zona remota del país, a mí me tocó —gracias a un convenio que mantiene con mi universidad— el Hospital Claudio Benati, en Zumbahua un poco más allá de Pujilí. Esos dos meses fueron un paréntesis en la vida de médico porque, durante ese poco tiempo, sentí lo que era trabajar en el sector privado.

Cuando uno está en el hospital público o en el centro de salud, le dice a la gente qué tiene y cómo hacer para seguir con su diagnóstico o tratamiento, uno les da información y el sistema de salud se encarga de proveer medicamentos y exámenes. Sé que a veces hay escasez, pero en mi experiencia, siempre se pudo abastecer. Zumbahua era diferente porque el ciclo se rompía en los bolsillos del paciente. Una paciente recorrió setenta y cinco kilómetros desde La Maná, para contarnos desesperada sobre lo que resultó ser una infección renal, ella ya no podía con el dolor. Le receté algo para el dolor y un antibiótico porque, de no tratarse, ese cuadro se podía complicar. Y eso fue todo, sólo tenía para regresar.

El corazón todavía se me encoge cuando pienso en ella, en la madre que «abandonó» por unos días a su hijo en el hospital —porque sino ¿quién iba a cuidar de los otros seis que tenía en casa?—, en los ancianos que se veían abandonados por sus hijos y a los niños que visitábamos porque su desnutrición no les permitía progresar. Los cuadros de tuberculosis, el cáncer infantil que se llevó a mi paciente Carlita, y mil cosas más… El sistema público de salud está para toda esa gente que no puede, así quiera, tener atención de calidad.

Pero un cáncer se apropia lentamente de este y otros tantos servicios públicos, es el cáncer institucional. Es esa creencia de que sólo quien piensa igual puede ser parte del sistema que brinda gratuitamente salud a la sociedad. Este cáncer busca suprimir la actitud beligerante y cuestionadora que es un elemento fundamental de la evolución social: “el servidor público que no está de acuerdo con este gobierno, que renuncie”, ellos le llaman coherencia, nosotros los médicos tenemos otra palabra para eso: negligencia.

Bajo ese pretexto de «lealtad institucional» se esconde una actitud irresponsable, la que dice que el jefe de piso no se puede equivocar, que nos impide mostrarle exámenes que contradigan su diagnóstico o evidencia actualizada que refute el tratamiento que prescribe. Si no te gusta todo lo que dice el jefe, te me vas. Ese juego del todo o nada, que simplemente riñe con la realidad. Pedir a los servidores públicos que renuncien, como si trabajar para la gente fuera una gracia que nos da el Estado —y no su propia necesidad— es brutal.

Gracias Denisse, gracias por no renunciar.

Tiempo

Mudarse de casa es ordenar el pasado, lo sabré yo que durante la jornada me ha tocado reorganizar cinco cartones de libros, cuadernos, cartas y copias, muchísimas copias —porque en Ecuador hemos legalizado la piratería de facto—. Les soy sincero, no sé donde poner cada cosa. Tengo un rollo de unos cinco centímetros de radio, son hojas pegadas una tras otra para construir, a pedido de la Dra. Flor Rubio, una línea histórica con los hechos notables que hicieron Ecuador. Está ese libro que encontré en la tienda del colegio, cercenado a la mitad por tener, me dijeron, un pequeño error editorial. Cada una de esas páginas tiene, a cada lado, un pedazo pequeño de cinta scotch, porque un libro partido en dos es libro igual. Tengo también muchos «te quiero», «te amo» y variantes de esa ambigua línea que divide el amor y la amistad, anuarios del colegio, stickers y recuerdos que les habitan.

Prefiero que mi pasado sea menos como una billetera y más como un bolso de mano, donde uno hunde el brazo buscando algo pero saca azarosamente una pelea, una dedicatoria, un proyecto terminado. Que feo debe ser dar vuelta y ver todo ordenado, un ayer muy explícito puede servir de pretexto para seguir en ruta el día de mañana, por eso los árboles esconden sus raíces, para crecer por donde sale el sol y hacer maletas.

Este inventario me duele otro tanto porque, si así lo quiere la entropía, en poco más de un mes me encontraré viajando al Green College de UBC y habré de decidir qué de la vida llevo en el equipaje de mano. Si la foto de ese momento perfecto o la carta que se redescubre en cada lectura, porque uno amanece cada día nuevo. ¿Hay cómo hacerle origami al pasado y meterlo todo en una maleta más pequeña? ¿vale la pena? ¿Qué sería del hombre si pudiera reunir —en un no instante— al bebé, el niño, el hombre y el mayor? Que no sea hipérbole eso de no tener tiempo.

 

Gkillcity.com

Este mes no he escrito mucho (aquí) porque he realizado varias colaboraciones para Gkillcity.com; este es un medio de comunicación digital que paga las cuentas con lo que vende de publicidad —como todo el resto de diarios— pero también con aportes mensuales de personas a quienes les interesa que su periodismo se mantenga independiente. A diferencia de un periódico que imprime sus ediciones, un medio digital no tiene que cubrir tantos costos, y en el caso de este diario fundado por José María León e Isabela Ponce, tampoco hay que pagar a los reporteros, porque las historias llegan de más de trescientos colaboradores de todas partes del mundo —la mayoría, claro está, vive en Ecuador—. Eso hace que el diario sea mucho más resiliente y pueda depender menos de agendas políticas o económicas, es importante aportar. Yo lo hago con texto, pero quienes no escriben pueden hacer un donativo.

Gkillcity hace periodismo narrativo, entendí mucho mejor de qué va esto cuando me invitaron, hace un par de meses, a un taller con Diego Fonseca. Para hacerlo corto, usaré un lugar común para quienes conocen del tema: «no importa quien llegue primero a una historia, sino quien la cuente mejor», dijo García Márquez y la semana que pasó su fundador lo demostró. Y Gkillcity.com las cuenta con un objetivo detrás, en palabras de José María:

[Se trata de] defender una agenda política y contar la realidad. Su causa, sin embargo, no es partidista, sino ciudadana. Se fundamenta en la promoción del ejercicio pleno de las libertades individuales y la eliminación de las políticas públicas que perpetúan las ciudadanías de segunda clase, la discriminación, la violencia y la clandestinidad.

Le he cogido bastante cariño a este medio y lo menos que les recomiendo es suscribirse para mejorar sus lunes, que es cuando publican su nueva edición.

Para acceder a mis textos, pueden dar clic en la imagen:

gkillcity

 

Los libros son mejores que las vacaciones

Pediste vacaciones y volviste a la oficina más cansado que al salir. Te ha pasado y la razón es simple: tus días como consumidor no se detienen durante las vacaciones, se intensifican. Planificar el viaje, contratar la agencia, pagar los boletos, escoger el hotel, verificar que haya internet, sacar plata por adelantado si no hay cajero porque ¿efectivo o tarjeta? Tu mal llamado asueto no es sino la culminación de la «libertad» que el capitalismo ha preparado para ti.

Desde los seis años no has parado. Jardín de infantes, escuela, colegio, universidad, trabajo, más universidad, tal vez matrimonio, trabajo. Para ti «desconectarte» es apagar el celular el tiempo que aguantes antes de encender la tablet. Nunca has tenido la oportunidad de sencillamente vivir sin estar detrás de algo o alguien.

¿Has visto la película «Click»? Morty, interpretado por el brillante Christopher Walken, le regala a Paul (Adam Sandler) un control remoto con el cual puede surfear a través de su propia vida para saltarse las partes calamitosas, aburridas, molestas o conflictivas. Todo va muy bien hasta que un buen día el control remoto —una vez guardadas las preferencias del usuario— decide adelantar capítulos sin que se presione botón alguno. Tú eres Adam Sandler y el control remoto es tu cerebro. No puedes esperar que el control no adelante capítulos durante las vacaciones si lo has programado durante toda tu vida para hacerlo. Te encuentras acostado en una hamaca frente al mar, pero tu cerebro está en el futuro, repasando los detalles del informe que debes presentar al volver. Juegas pin pong y un poco de billar pero tu control remoto está ya calculando si lo que tienes en el bolsillo alcanzará para pagar la  factura en el check-out.

Viajar —huir— siempre parece buena idea, pero en verdad es sólo llevar al control remoto de paseo. Para disfrutar realmente de tus vacaciones, debes hacer del descanso un hábito diario. Y no hablamos de simplemente tener tiempo libre —que se diferencia del trabajo porque al menos en este último te pagan por tu alienación— como dice Bob Black, uno debe valorar el valor de la pereza, pero «nunca es más satisfactoria que cuando sirve de intermediaria entre otros placeres y pasatiempos».

El ejercicio, la ejecución del arte, y la contemplación son vacaciones diarias. Y entre estos últimos la lectura es un deleite exquisito y adictivo que logra apagar esas alarmas inconscientes que nos recuerdan los mensajes del celular o los pendientes en el correo electrónico. Una investigación realizada por Mindlab International, demostró que leer (ficción) es más relajante escuchar música, tomar una taza de té, o incluso caminar. La American Library Association incluso promueve la biblioterapia como un tratamiento para la depresión no severa, después de ver al médico en lugar de ir a la farmacia, vas a la biblioteca. “La capacidad lectora modifica el cerebro”, dice el neurólogo Stanislas Dehaene —reprograma el control remoto.

Y como al mal paso más vale darle prisa, les quiero dejar un libro que me ha gustado mucho y que, de paso, lo pueden compartir con niños y grandes por igual, para que empiecen a descansar desde hoy:

Pequeño hermano