Cómic review: Autobiographix, Persépolis, Crónicas de Burma & Blue Is the Warmest Colour

img_5245Quienes leyeron mi primer cómic saben cómo empezó todo. Estaba caminando cerca del parque La Carolina cuando me entraron las ganas de curiosear en la librería que estaba a mi izquierda. No sabía entonces que esa tienda se especializaba en novelas gráficas pero fue una grata sorpresa porque los días anteriores yo había empezado a leer los cómics sobre Avatar: La Leyenda de Aang. Era muy difícil encontrar esos libros en el país así que tuve que recurrir a las bondades de Internet para poder leer qué sucedió con la mamá de Zuko y cómo empezó la construcción de Ciudad República. Trivialidades que entretienen. Bueno, estaba en esa tienda y me topé con AutobioGraphix, una compilación de cómics autobiográficos dibujados por grandes artistas, «leyendas» en el mundo de las viñetas. El libro me encantó por la sencilla razón de que jamas se me había ocurrido que los cómics se pudieran usar para decir las historias propias. Están esos cómics educativos y otros, los más famosos, están llenos de súper héroes. AutobioGraphix contaba mudanzas, recetas, fracasos, encuentros, todos reales. Sobra decir que cada artista tenía un estilo distinto que a uno le hace pensar en la variedad de recursos que se tienen a mano cuando uno tiene lápiz y papel. Cuando te dan sólo unos y ceros, pues el libro viene a blanco y negro.

Inicialmente el libro era para mi hermana, que es ilustradora, pero lo que empezó como una ojeada terminó como una corta y placentera adicción. Luego le confesé a mi ñaña que el libro era para ella pero me gustó tanto que prefería leerlo primero. Cuando finalmente lo acabé ella me reclamó «bueno ¿me vas a regalar o no?» «Sí, pero…» El asunto es que es de ella, pero yo quiero poder cogerlo cuando quiera y que esté en la casa. Para concluir, ambos pensamos que somos el dueño, aunque sea un poco más suyo… Debería haber dibujado esto.

Así comenzó una serie de adquisiciones afortunadas de cómics, especialmente aquellos de no-ficción. Después de haber leído «Tonto» (si sólo van a dar clic en un enlace de esta entrada, que sea este) de perdone mi francés, «El Tango» de Jorge Luis Borges y tras haber dejado a medias «No Ficción» (Fuguet); me dediqué enteramente a los cómics.

Reading PersepolisEmpecé con Persépolis, y creo que no pude tener más suerte. Persépolis, de  Marjane Satrapi, es una novela autobiográfica que cuenta la historia de Marjane en Irán, justo cuando llega al poder el fanatismo religioso y empiezan a obligar a la gente a vestirse, hablar, comportarse y pensar diferente. La escuché decir en una entrevista que si alguien mira a los Iranís —antes «persas»— sufriendo, no lo comprende porque lo asimila como algo ajeno. Los dibujos en cambio, dice ella, son una forma abstracta que permiten que cualquiera se pueda conectar con la experiencia. Y su explicación me basta porque es totalmente cierta. Leyendo Persépolis uno entiende qué contradicciones son las que tiñen la vida de alguien bajo un régimen islámico totalitario. Un año antes de que empezara el libro, Irán era tan liberal como cualquier otro país de occidente, es una transición bárbara y se vuelve más cruda cuando Marji, a sus 16 años, deja su país para ir a una Viena supuestamente moderna y termina en un convento de monjas. Tan cruel fue su vida que volver a Irán fue un alivio y ¿por qué no? si la parte más representativa de la vida es la que se vive bajo el techo del hogar y poco dicen los historiadores de cómo cambia eso entre régimen y régimen. Satrapi, dibujando indisciplinadamente, hace un hermoso trabajo al explorar esa realidad.

Luego de tremendo libro, me quedé con sed de más. Cerré la tapa azul de Persépolis y abrí la tapa verde de las Crónicas de Burma, un diario de viaje escrito e ilustrado por Guy Delisle. Las viñetas empiezan cuando Guy conversa con su esposa, una integrante de Médicos Sin Fronteras, sobre su nuevo destino: Myanmar. Allí, el ilustrador se dedica a cuidar a su pequeño hijo Louis, a andar en bicicleta y enseñar animación, ¿no es esa una vida ideal?. Delisle se dibuja como un personaje amigable y, contrario a lo que hizo Satrapi, uno puede navegar por sus viñetas sin sentir que el escenario está siendo juzgado. El libro finaliza con la visita a un templo budista donde el tiempo se alarga porque, tras tres días meditando, el autor sale diciendo que le parecieron años.  Es un libro relajado, no esperen el mismo tipo de acción que se lee en Persépolis.

© Guy Delisle

Finalmente, «Blue Is the Warmest Colour» o el azul es un color cálido. Para serles sincero, esta fue mi excepción a sólo comprar cómics de no-ficción. Las ilustraciones del libro me llamaron mucho la atención y pasaron días antes de que siquiera me diera cuenta que se trataba de la novela que originó «La vida de Adèle», película ganadora de la Palma de Oro y Cannes, ambos en 2013. Si bien la trama del cómic y la película varían, en esencia se trata de una historia romántica entre una chica que descubre, asimila y acepta ser lesbiana y su pareja que, al menos en el libro, siempre lo ha expresado sin molestia alguna. Ojalá no esté diciendo burradas pero creo que el cómic está especialmente pensado para chicas que tienen dudas sobre su sexualidad y busca incentivarlas a vivir su vida libremente. A diferencia de lo que sucede en la película, el personaje principal muere al final, dejando la sensación de que se pudo haber aprovechado mucho más lo hermoso del romance en lugar de pelear con los estigmas impuestos por la sociedad. Personalmente me resultó difícil conectarme con la trama pero el detalle que hace al cómic especial es la calidad de los dibujos.

Con Delisle y Satrapi, me era fácil imaginar cómo dibujar lo que veía. Julie Maroh hace eso mucho más complicado. Además del lápiz, hace uso de acrílico, acuarela, marcadores, otras dos cosas que no sé cómo traducir y, encima, Photoshop. El nombre de la novela tiene más sentido en su versión viñeta pues los colores también hacen parte de la narración. Y, efectivamente, el azul es el centro de la historia. Leo en redes sociales mucha gente conmovida por la historia, y creo que el libro logra generar un nuevo símbolo del amor entre mujeres. Un amor azul, no rosa. ¿Las fallas? Pues hay varias: el guión es simplón, los quiebres son forzados y no hay mayor desarrollo de personajes en una historia donde sí hace falta. Para suerte nuestra, los dos principales son arquetipos con los que son fácil relacionarse. Todo un chick flick, como dirían en inglés.

© Julie Maroh

El tango explicado por Borges

Resulta que antes de salir yo de viaje, mi papá me dijo que use nomás la tarjeta adicional que tengo a mi nombre si encuentro algo barato. Por «algo» se refería a zapatos y por «barato» a un par a precio de libre mercado sin tanto impuesto. Así que andaba yo, consciente de que frente a las necesidades uno puede hacer el sacrificio de ir de compras cuando me tope con dos pares.

Porque el tango, amigos, no lo bailan uno sino dos.

el tango

Así pues, me hice de este ejemplar que no es sino un dictado, apenas imperfecto, de cuatro conferencias secuenciales que brindara Borges. Como se trata de conferencias —él diría charlas—, el estilo narrativo que tienen las páginas le invitan a uno a imaginar la voz: cadencia, paciencia y edad. Es con esa voz, que al principio me parecía la de Galeano pero luego me di cuenta de que es más grave y elegante, que uno lee «el tango».

Pero no hay tango sin historia —y no hay historia sin época, escenario y personajes. Entonces lo que bien podría estar en una enciclopedia termina en manos de una de las personas más diestras que Latinoamérica haya jamás tenido. Diestra en letras. Letras de novelas, poemas y, como no, tangos. Borges relata etnográficamente, demostrando cómo desde la literatura se hace la historia.

Así que con estos mismos zapatos viejos que ando puesto, me di una vuelta por las «casas malas» de Buenos Aires del Sur. Desde allí, se dice, el tango surgió como un baile que era marginado por su origen oscuro, porque lo bailaban mujeres alegres y compadritos.

Y como ecuatoriano tras la crisis bancaria, el tango se fue a Europa y encontró el éxito —llegando a las cortes y a San Petersburgo. Y hablo del migrante porque luego el tango volvió, enaltecido, para convertirse en el orgullo de esa nueva patria. Los argentinos, dice Borges, eran aspirantes a parisinos. Hablaban francés o fingían hablarlo. «Por eso nos inventamos lo de latinoamericanos», para no decir España. Y el tango fue la manera en que el mundo, y París, reconocieron a Argentina.

De este libro, que todavía no acabo, he extraído tres citas de las que quisiera acordarme por siempre (pero como sé que no lo haré, las escribo con la esperanza de que me las recuerden):

  • «Todos nosotros llevamos nuestra humilde vida y además llevamos otra vida, imaginaria»;
  • «El miedo existe en imaginarse cosas malas antes que ocurran»;
  • «Pero más lindo es imaginar, y creo que siempre debemos optar por la explicación más estética».

 

Teju Cole

Es peligroso leer a Teju Cole cuando me he quedado sin héroes. Me hace pensar que, tal vez, quiera ser como él. Sus novelas, Open CityEvery Day is for the Thief, se bambolean entre la ficción y el periodismo narrativo. Para ser más claro, a uno le deben aclarar que se trata de ficción. Eso se imprime al final de sus libros, pero el único engaño en todo el texto parece ser esa declaración. Haberlo conocido complica aún más las cosas. El protagonista que pasea por las calles de Lagos (Nigeria) se le parece demasiado. Hosco, sereno, un rostro que piensa pero no duda. Ambos regresan de visita a su tierra natal, ambos imbuidos en su carrera médica (Cole abandonó la medicina para convertirse e escritor). Ambos son de esas personas que te dicen la mejor de las tres respuestas que tiene en su cabeza. En un mundo donde la mayoría de gente vive en un diálogo que se asemeja a una guerra de comida, el escritor nigeriano-estadounidense ofrece comida masticada, casi digerida, adornada como delicado postre.

«Mentí un poco sobre la geografía y cuando regresé me di cuenta que las cosas no eran como yo las había descrito», dice Cole en una de las entrevistas donde nos quiere convencer de que escribe ficción. Claro, acomodaste los hechos de la misma manera en que un fotógrafo compone la escena. Aumentaste la iluminación en ciertas partes de la historia que, naturalmente, no habrían resaltado tanto. Detuviste el tiempo para relatar tus pensamientos, pero ¿ficción? No sé qué pensar. Tal vez sea una manera inteligente de no preocuparse por detalles nimios que están pero son ruido. El zumbido de la refrigeradora, el tronar de la calle producto de los buses, las partículas imperceptibles de polvo son todas cosas cotidianas que jamás son referidas al son de «cómo te fue hoy». ¿Es ficción si uno decide modular la atención del lector únicamente? ¿Es ficción el romper la linealidad del tiempo para contar historias? ¿Acaso nuestro cerebro no hace eso?

Mis momentos favoritos de AVATAR: LA LEYENDA DE AANG

La cultura oriental me ha fascinado desde que yo era muy pequeño. Me imagino que tiene algo que ver con que mi papá es un sempiterno fan de Bruce Lee. Cuando se estrenaban sus películas, él hacía fila por horas en los viejos cines de Quito y se quedaba en la sala todo el día para repetir las escenas de artes marciales una y otra vez —esto es impensable para las nuevas generaciones pero hubo un tiempo donde te podías quedar en el cine todo el tiempo que quisieras. Bruce Lee, quien no sólo actuaba en sus películas sino que también ocasionalmente escribía el guión y dirigía las escenas (véase su obra maestra el regreso del dragón), popularizó el cine oriental en Occidente. Y esas películas trajeron algo que acá en la civilización moderna es escaso: misticismo.

Bruce-Lee

Aprender todas las destrezas pero no usarlas. Pelear sólo cuando sea el último recurso. Hay ciertas virtudes que uno inevitablemente iba atando a las túnicas azafrán con que se visten los monjes y a sus cabezas rapadas. El estereotipo fue asentándose aún más en los pliegues de mi cerebro cuando leí las novelas de Lobsang Rampa. A pesar de que las novelas de Cyril Henry Hoskin (el verdadero nombre del autor) han sido reconocidas como un fraude, yo me aproximé a sus libros como un católico se aproxima a la biblia. Las pausadas y alegres descripciones de los paisajes del Tibet y la profunda humanidad de los personajes hicieron que leyera cada uno de los pasajes de estos textos de carácter fantástico autobiográfico con la misma emoción que una bebé descubriendo la relación entre el interruptor y el foco.

Si ustedes le preguntan a un cristiano si realmente cree que hubo una serpiente hablándole a la primera mujer, una gran mayoría les dirá que no. Sin embargo, su fe continuará inquebrantable porque, en el fondo, ellos saben que Dios existe, lo han sentido actuando en sus vidas, incluso cuando no lo pueden definir o explicar. Pues lo mismo me sucedía con el misticismo tibetano, los detalles en el desarrollo de el tercer ojo, por ejemplo, resultan irrelevantes frente a la cosmovisión tibetana que está expresada en esa y otras obras de Rampa. Si alguien quiere explorar estos temas desde una visión menos ahistórica, le recomiendo leer las montañas de Buda del historiador y antropólogo Javier Moro.

Aang, el protagonista de Avatar: the last airbender comparte estos mismos elementos. Es el último miembro de una tribu de nómadas que se crían en templos, creen en la reencarnación, respetan a todas las criaturas vivientes y no usan la violencia, salvo en casos absolutamente necesarios. Incluso enfrentado a difíciles circunstancias, Aang repugna la idea del asesinato. Michael Dante DiMartino y Bryan Konietzko, los creadores de la serie, han reconocido que «el budismo y el taoísmo han sido una de nuestras grandes inspiraciones para la concepción sobre el Avatar» (les recomiendo que sigan los blogs de DiMartino y Knoietzko). De hecho, los monjes determinaron que Aang era la reencarnación del Avatar haciéndolo escoger cuatro juguetes entre cientos de réplicas idénticas —un método utilizado, junto con otros signos para determinar la identidad del Dalai Lama en su nueva reencarnación.

En el universo del Avatar existen cuatro naciones, una por cada elemento. Aang es miembro de la nación del Aire, sus compañeros de viaje, Sokka y Katara, son miembros de la tribu agua. Su villano, Zuko, es el príncipe desterrado de la nación del Fuego —que al comenzar la serie han construido un imperio sometiendo a todas las otras naciones— y Toph, otra de las protagonistas es parte del reino Tierra. Así como los miembros de los nómadas Aire contienen elementos del budismo tibetano, cada uno de los elementos tiene características que le hacen propias y, si no has visto la serie, te recomiendo que lo hagas primero. Está disponible en todo Internet en español latino (basta buscar en Google) y también la pueden ver en Netflix. Aquí les dejo el trailer:

(A continuación, voy a describir mis momentos favoritos de la serie así que si no quieren enterarse de la trama, es mejor que dejen de leer en este momento).

Los mejores momentos de la serie

1) Cuando Aang se encuentra sobre el león-tortuga gigante: Antes de enfrentarse al Señor del Fuego, Aang se encuentra confundido porque piensa que matar a su enemigo significa traicionar las enseñanzas de los monjes: toda vida es sagrada y, como tal, debe ser respetada. Durante la noche, termina nadando sonámbulo hasta una isla donde empieza a meditar para hablar con sus vidas pasadas. Aang siente que ninguno de sus predecesores entiende el predicamento en el que se encuentra hasta que habla con otra maestra aire, Avatar Yangchen. «Los monjes me enseñaron que debo separarme del mundo para que mi espíritu sea libre». Yangchen le dice que muchos nómadas aire se han separado del mundo y alcanzado la iluminación espiritual «pero el avatar jamás podrá hacerlo porque su único deber es con el mundo (…) tu deber te obliga a sacrificar tus propias necesidades espirituales y hacer lo que sea necesario para proteger el mundo», le dice.

Este momento es esencial porque simboliza la realidad humana de frente a la espiritualidad. Sin la muerte, nuestra propia existencia es interdepediente del mundo que conocemos, las personas que amamos, y la justicia que estos merecen. Si bien uno puede encontrar felicidad, y sobretodo paz, al apartarse de los apegos —esa es la base de la doctrina budista— ese nirvana es insignificante si el mundo está aún en sufrimiento. No puede haber iluminación individual.

2) Cuando Zuko se enfrenta a su padre: Durante el eclipse solar, una pequeña armada comandada por Aang se dirige a la capital de la nación del fuego para acabar con Ozai. Este, habiendo sido informado, se encuentra en un búnker secreto tomando té cuando es interrumpido por su hijo Zuko. Antes de continuar, hay algo que deben saber. En el pasado, Zuko opinó en el consejo de guerra de su padre en contra de unos generales. Fue retado a duelo y acepto, pero cuando se encontraba en el ring descubrió que no enfrentaría al general, sino a su padre. Ozai marcó a Zuko de por vida —le hizo una cicatriz en el ojo— y lo desterró. Zuko ha buscado el perdón de su padre desde ese entonces y lo consiguió porque Azula, su hermana, le dijo al padre de ambos que Zuko había matado al Avatar.

Tras enterarse de la verdad, que el Avatar estaba vivo, Ozai le ordena a Zuko que lo deje. Y entonces él responde: «eso es la otra cosa que vine a decirte, ya no voy a obedecer tus órdenes (…) Durante mucho tiempo, lo único que quise fue que me ames, que me aceptes. Pensé que lo que quería era mi honor, pero realmente sólo trataba de complacerte. A ti, mi padre, quien me desterró solo por hablar fuera de tiempo. A ti, mi padre, que me retó a un duelo cuando tenía solamente trece años. ¿Cómo puedes justificar un duelo con un niño?» «Era para enseñarte respeto» «¡Fue cruel y estuvo mal!» «Entonces no has aprendido nada» «No, lo aprendí todo».

¿Por qué este diálogo es tan importante? Primero porque representa un giro de ciento ochenta grados respecto al personaje que hasta entonces había sido la antítesis de Aang. Lo más importante, esta evolución del personaje sucede frente al señor del fuego. Ozai es más que el padre de Zuko, es la cabeza visible del imperio que existe en la Tierra, es la representación de la autoridad, el orden, la ley, el «porque las cosas siempre han sido así». Uno puede imaginar a Zuko como la representación del ser humano que quiere cambiar las cosas y fracasa porque la vida le golpea demasiado fuerte, pero que a pesar de esos golpes (o quizá por ellos) ha logrado ver más allá. El mundo no está para ser obedecido, sino para ser subvertido: «Hemos creado una era de miedo en el mundo y si no queremos que el mundo se destruya a sí mismo, necesitamos reemplazarla con una era de paz y amabilidad». Zuko deja a su padre y le dice que se unirá al Avatar y le ayudará a derrotarlo.

3) Cuando Iroh perdona a Zuko: Iroh, el tío de Zuko, ha sido su mentor durante el exilio. Ha sido, en palabras del sobrino, su «verdadero padre». Sin embargo, cuando se le presentó la oportunidad, Zuko lo traicionó para atrapar a Aang y obtener el perdón de Ozai. Iroh fue entonces capturado y encerrado en prisión. Tiempo después, tras haberse enfrentado a su padre y unido al Avatar, Zuko encuentra a su tío y le empieza a pedir perdón. Zuko expresa su arrepentimiento y vergüenza, empieza a derramar lágrimas y a decir «no sé cómo voy a recompensarte por esto —la música de fondo aumenta su intensidad— pero yo…» Iroh lo interrumpe rodeándolo con sus brazos. «¿Cómo me puedes perdonar tan fácilmente?—dice Zuko con una mirada confusa— Pensé que estarías muy enojado conmigo»

«Nunca estuve enojado contigo, estaba triste porque temía que hayas perdido tu camino» «Sí lo había perdido» «Pero lo encontraste otra vez, y lo hiciste por ti mismo, y estoy tan feliz de que hayas encontrado tu camino aquí».

Creo que la construcción de la escena, la iluminación, la música, todos contribuyen a construir una experiencia altamente emotiva que toca nuestros arrepentimientos más profundos. Esos por lo que, pensamos, no merecer perdón… pero sí.